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No siempre Marín, como ayuntamiento, fue siempre así. Historiadores como el malogrado Cendán Vilela nos explican cómo ha transcurrido la historia de este pueblo nuestro desde que allá por el año 1112 era de “realengo” para pasar a ser de “señorío eclesiástico” en 1151, manteniéndose así durante siglos y hasta la llegada de la Constitución de Cádiz, en 1812, en que las cosas cambiaron administrativamente para muchos pueblos en España.
Claro que en realidad este entorno geográfico estaba dividido en dos municipios vecinos. A finales del siglo XVIII, lo que se conocía como Marín formaba su ayuntamiento con la Villa y Puerto y las parroquias de San Xulián y Mogor, y era de la jurisdicción de Santiago de Compostela. Mientras tanto, Santo Tomé de Piñeiro y Santa María del Campo, pertenecían a la de Cangas. Con la llegada de la Constitución de Cádiz, 1812 se reafirma esta división que, además convierte a Piñeiro en concello independiente con sus dos núcleos de Santomé y Campo.
Dos años más tarde se rehace la situación y todo queda como anteriormente y después, entre los años 1820 y 1823, Lourizán pasa a pertenecer también a Marín aunque por poco tiempo ya que, en 1837, se conforma la división administrativa actual.
Se dio la circunstancia de que ni a los vecinos de Santomé-Ardán-Campo, ni a los de Marín les hacía mucha gracia esta situación por lo que se tomaron acuerdos para solicitar que se volvieran a separar las zonas en dos ayuntamientos. Tomas de acuerdos por un lado y por otro que fueron llevados ante la Diputación Provincial en el año 1843 pero este organismo superior desestimó las peticiones de las partes y, hasta hoy, se mantiene la unidad de lo que fueron dos ayuntamientos en uno. Es bueno conocer estos aspectos de nuestra historia local y gracias a quien como Manuel Cendán Vilela o José Torres Martínez nos facilitan con sus trabajosas obras ese conocimiento.
El río Lameiriña es el símbolo inequívoco de la evolución urbanística de los pueblos. Llega desde Cotorredondo recorriendo el rural marinense para acabar en las aguas de la ría tras atravesar el pueblo y colarse por debajo de la explanada de la Escuela Naval. Quienes vivimos en sus cercanías sabemos cómo fue la evolución de este río en su tramo urbano porque, una vez vistas las fotografías del siglo XIX, también recordamos aún cómo era en nuestra infancia, abierto pero ya metido entre estrecho canal para acabar entubado y oculto habiéndose hecho sobre él la obra del parque lineal que conforma hoy aquel paisaje.
Llegaba la corriente, tras dejar parte de sí en el lavadero del Souto, al puente que todavía hoy puede apreciarse. Tanto en el lavadero como bajo dicho puente, se afanaban las lavanderas que, a base de frotar y enjabonar sobre las lisas piedras de las orillas, dejaban la ropa propia o de quien le hubiese encargado el trabajo, perfectamente limpia para extenderla “al clareo” sobre las hierbas del entorno o montarla en los colgadores comunes que atravesaban la zona. El río corría hasta ahí supuestamente limpio y capaz de higienizar ropas, sábanas y demás y empezaba un camino en su último tramo confundiéndose, de seis en seis horas, con el agua de la marea que acudía a su rescate ayudándole a depurar su contenido.
Y digo depurar porque quienes anden en la vida por el mismo camino que yo, podrán recordar cómo desde el puente hasta el Forte, se incorporaban al río las aguas, aguas blancas y negras, que arrastraban además los detritus de toda la población del entorno que desalojaba las suyas por los alcantarillados abiertos en el medio de las calles donde se juntaban pluviales con fecales sin el menor recato ni división. Y por el mismísimo cauce de aquel río jugábamos los niños sin miedo a coger una enfermedad, rebuscando bajo las tejas y las piedras ejemplares de anguilas que, ¡ay pobres, ahora que lo pienso!, eran ensertadas en un tenedor que atravesaba sus cuerpos mientras se retorcían hasta que, subidos con el trofeo a la carretera, procedíamos a agarrarlas por el rabo y golpearlas violentamente contra el suelo hasta verlas muertas. Aquella tragedia acababa casi siempre en la boca del gato de casa, al menos en lo que en la mía se refiere, porque la abuela no quería saber nada de cocinar aquel resbaloso bicho. Lo mismo ocurría con los “muxos” que, con la marea llena llegaban casi al puente y desde las orillas tratábamos de engañarlos ofreciéndoles un anzuelo recubierto con su alimento que muy pocas veces era efectivo porque, como decían algunos veteranos del caso, “os muxos non traban, maman”.
Después llegó la ocultación final del río o lo que de él quedaba. En tiempos del alcalde Martín Suárez se entubó el caudal con cuatro enormes líneas decididas por los técnicos del momento y, años después, siendo alcalde Pena Piñeiro (Aboy) se construyó el parque lineal que hoy oculta al Lameiriña de siglos pasados.
Hay nostálgicos a los que les gustaría destapar de nuevo el río. Sería una opción, claro, pero nunca se conseguiría más que un canal que nada tendría que ver con la desembocadura de hace ciento y pico de años. Eso sí, hoy y con las obras que al parecer se van a realizar en él, las aguas transcurrirían limpias, sin recibir los detritus de todas las casas de Marín antiguo y no se repetiría el espectáculo visual y olfativo de aquellos tiempos.
El Lameiriña es, como queda dicho, el ejemplo de la evolución, para bien o para mal, del urbanismo de los pueblos.
Se llama Celestino Arias Sobral y sus apellidos son lo suficientemente conocidos como para identificarse plenamente con Marín. Su padre, es Celestino Arias y su madre Rosa Mary Sobral, residentes en Estados Unidos, pero eternamente ansiosos por estar en Marín como cada año aunque en el 2020 y en el presente, de momento, no han podido viajar a su tierra natal, como hacen siempre, por causas del Covid maldito.
Celestino Arias (hijo) es todo un personaje en el ámbito religioso porque, a pesar de su evidente juventud, se encuentra ubicado en la cúpula mundial de los Franciscanos Capuchinos, con residencia en Roma. Fue elegido hace un año aproximadamente en la “Curia Generale OFMCAP (Consejo General)” y ostentará el cargo, desde entonces durante al menos seis años sin que pueda establecerse un límite de ascensión en la Orden de este joven valor que vivió su infancia en Marín pero tiene en América su formación para llegar a tan alta estima y responsabilidad de su Orden religiosa. Es doctor Honoris Causa por la Universidad de Boston, título con el que se le reconoce su labor personal al lado de los compañeros de su orden religiosa, en pro de la numerosa comunidad de inmigrantes caboverdianos en un difícil barrio de New York. Se da la circunstancia de que nuestro paisano se enteró de la concesión de tan honroso como importante título al regreso de una misión en África.
Ayer cumplió cuarenta y pocos años y desde aquí queremos hacerle llegar la felicitación de sus paisanos por medio de La Carriola de Marín.
Los motivos que ha dado la pandemia del Covid-19 han venido a poner de relieve lo absurdo de la delimitación entre Marín y Pontevedra que divide en dos un núcleo urbano cuyos habitantes tienen las mismas inquietudes, la misma razón social e incluso profesional, y el mismo sentimiento de hermandad desde tiempo inmemorial.
Cantodarea (Marín) y Estribela (Pontevedra) están delimitados por una imaginaria línea de prolongación del eje del callejón Regueiriño, donde los vecinos de una y otra orilla casi se pueden dar la mano si salen a la ventana de sus casas. No fue así históricamente porque la parroquia de Lourizán perteneció a Marín entre los años 1820 y 1823 con toda la lógica del mundo. Fueron las artimañas de los políticos caciqueiros de turno de la capital que acabaron determinando que los vecinos de Estribela se aprovisionaban más en Pontevedra que en Marín y acabaron trazando una invisible línea de límite que nunca fue aprobada por el concello marinense por lo que, desde hace muchos años, está la cosa sin oficializar debidamente y el barrio quedó partido en dos mitades incomprensiblemente.
La desfachatez de los autores de semejante división llegó a poner la susodicha línea desde el eje del callejón Regueiriño hasta la fuente que está a unos pocos metros y, de ahí, con ávidas vistas en el futuro portuario que hoy es una realidad, hasta el faro de Tambo, con un giro sibilino hacia el sur para tratar de meter el puerto entero en Pontevedra. No se les ocurrió llevar la línea desde la fuente hasta el campanario de la iglesia de Placeres, que hubiera sido lo más justo.
Y hubo nuevos intentos hace muy poco, cuando era alcalde de Marín Fran Veiga, por parte de Pontevedra cuyos gobernantes mandaron pintar sobre el suelo de la plaza una ancha línea que pretendía delimitar por las bravas la supuesta propiedad de cada quien. De aquella tuvo una respuesta incontestable por parte del regidor marinense que rodillo en ristre y caldero de pintura, procedió a borrar semejante desvergüenza, y hasta hoy.
Esta cuestión produce situaciones tan absurdas como que, con el actual problema de la pandemia, los vecinos de Estribela, que quieran ir al supermercado, por ejemplo, o a echar una quiniela también, no puedan hacerlo porque está a pocos metros de la línea divisoria e incurrirían en la violación de la norma que confina los municipios entre sí. ¿Habrá cosa más absurda?.
Y está pendiente la delimitación de los terrenos ganados al mar PARA EL PUERTO DE MARíN, superficie que, en principio no es ni de Marín ni de Pontevedra hasta que se adscriba a alguno de los dos municipios porque son terrenos “nuevos”. Esta incertidumbre conlleva la injusta diferencia para las empresas que se encuentran a un lado o a otro de aquella raya imaginaria y no oficial y determinada de momento y, empresas que pagan “x” en un lado, ven como las del otro pagan mucho menos por lo mismo cuando el puerto como tal, debería ser una unidad en todos sus aspectos. Hacienda, que es la más lista de todas las administraciones, hace oídos sordos a las quejas y, mientras no se arregla el asunto que tiene visos de ser eterno, sólo le interesa cobrar y utiliza una línea divisoria que no existe hasta que quien manda le ponga lo que hay que poner para acabar con este problema que provoca incertidumbre.
La superficie ganada al mar está hecha sobre agua y se creó para el Puerto de Marín y, en buena lógica, no en cacicadas, deben ser adscritos al concello marinense y acabar con esta estúpida polémica. Pero…¿con quen falas?.
La imagen que ilustra este comentario es una bella estampa de principios del pasado siglo. ¿Alguien puede comprender que este popular barrio está dividido para dos municipios por una línea central imaginaria ?
El repartidor de un conocido restaurante marinense resultó herido esta noche al ser golpeado accidentalmente por un turismo mientras se dirigía a llevar un pedido de comida. Los hechos ocurrieron en la Avenida de Ourense, y ambos vehículos circulaban en sentido Pontevedra, cuando por causas que se desconocen y que tendrá que clarificar el correspondiente atestado, el turismo hizo una maniobra incorrecta e impactó contra la moto del repartidor, que resultó herido de consideración debido a los golpes sufridos.
Al lugar se desplazaron dotaciones de la Policía Local, Protección Civil y una ambulancia que trasladó al herido al hospital Montecelo hacia las nueve de la noche.
Esta semana comenzaron las obras de humanización del Camiño Vello de Seixo, una obra históricamente demandada por la asociación de vecinos del lugar, y que supondrá sin duda una mejora de la calidad de vida de las personas que viven en el entorno. Los trabajos han sido considerados por la concejalía de rural del Concello de Marín como "un proyecto esencial para la mejora urbanística de la parroquia".
La ejecución corre a cargo de la empresa Covsa, con un presupuesto presupuesto total de 274.361, e incluye, además de la renovación total de servicios de agua y saneamiento, el ancheamiento de las aceras para hacerlas más accesibles y cómodas al peatón. El Concello de Marín ha anunciado que una vez terminadas las obras, el tramo comprendido entre la iglesia evangélica y el cruce de María González Rubido será de un solo sentido a la circulación rodada.
En la zona más próxima a la capilla evangélica quedará suprimida la miniglorieta existente hasta ahora, y se hará pintado de un paso de peatones en su lugar.
Hace ocho años, en estos días de febrero, Ismael Lorenzo, nuestro Ismael de siempre, pasó a la otra vida donde creemos firmemente que el Señor tiene un hueco especial, lleno de felicidad eterna para las gentes que, como él, anduvieron por este mundo sin otro horizonte que la vida misma.
Frecuentemente hemos leído publicaciones en las que se ha exaltado la figura de Ismael, de nuestro Ismael, como si se tratase de un gran artista capaz de ofrecer espectáculos musicales aquí o allá. Pero, quienes hemos vivido la infancia a la par que su presencia por nuestras calles, podemos agradecer las buenas intenciones de sus autores, pero sabemos que no necesitaba tanto Ismael para ser feliz.
Es cierto que su pasión era actuar y le bastaba con una servilleta sobre un peine para imaginarse que tocaba la mejor de las armónicas del mundo, a la vez que cantaba la canción del “Alacrán” o “Apaja a lus” o “María que te estás lavando”, acompasando el ritmo con el golpear de su pie en el suelo. Su deseo era siempre que le dejasen subir a un palco de las orquestas para sentirse artista imaginando allá abajo, a sus pies,a la multitud a la que también imaginaba aplaudiéndole por su contribución al jolgorio y por éso recorría cuanta fiesta popular se celebraba en las más remotas aldeas del entorno.
Su gran pasión era llegar a tener un acordeón y poder tocarlo como Diosiño, aquel virtuoso de la orquesta Florida que era un verdadero “Dios” para Ismael. Fue una ilusión cumplida porque alguien le hizo inmensamente feliz regalándole uno de esos instrumentos en el transcurso de la parte de su existencia que vivió en el asilo pontevedrés de ancianos al que accedió sin ser tal, pero con la fortuna de poder compartir, con la cariñosa acogida de las monjas, los últimos años de vida de su propia madre también allí recogida.
Ismael, coetáneo de Manuel Balán, (cuando a éste aún le faltaba mucho para ser el famoso Jonh Balan), y de José Soto (Patata) recogía algunas monedas, siempre pocas y pequeñas, que los voluntarios le daban para premiar simbólicamente sus actuaciones, y las repartía con los otros dos que también montaban con él el curioso espectáculo. Alguna vez, al retorno hacia Marín, al travieso Balán se le ocurría aparecer en cualquier cruce de caminos, con la cara tapada por un pañuelo, pistolas en ristre (aunque no fuesen más que los dedos índices de sus manos), e imitando la voz de un peliculero atracador para dejarlos sin blanca. Nunca llegué a saber si Ismael se daba cuenta de quién era el asaltante de caminos, pero estoy seguro de que a él no le importaba la travesura porque la gloria de haber cantado en el palco de la orquesta aquella noche con su peine a modo de armónica, llenaba todas sus ansias.
Le recordamos muy joven por las calles de Marín escapado de su casa aunque su madre acabó por dejarlo por imposible consciente de que aquel bohemio no tenía otras ansias y le echamos de menos cuando desapareció de la escena, hasta que supimos que se encontraba recluido en el asilo de Pontevedra, junto a su madre. Fue para todos un alivio y desde entonces sólo supimos de él por frecuentes apariciones en las fotografías de los periódicos cuando, con motivo de alguna celebración interna o la visita de colectivos o autoridades a aquel benemérito centro, se le veía con una guitarra o con su acordeón de los que, seguramente, arrancaba sonidos sin acorde ni orden, pero con toda la ilusionada alma de un músico especial como lo deseó ser siempre. Muchos músicos de verdad que acostumbraban a hacer visitas al asilo, lo invitaban a tocar con ellos y entonces Ismael estallaba de felicidad infantil, porque él nunca dejó de ser niño, al verse de nuevo ante el público que siempre imaginó numeroso y rendido a su peculiar arte.
Descanse en paz nuestro Ismael Lorenzo, inhumado lejos de su Marín natal tras haber vivido sus últimos meses en un centro coruñés, y al que hoy queremos recordar con el cariño que se merece por haber sido una persona buena e inocente a lo largo de toda su vida.
Bendita sea su inocencia y que Dios se lo premie.
Julio Santos Pena
Dentro de las obras de mejora de la seguridad vial de la PO551 a su paso por los concellos de Marín y Bueu, se está construyendo una rotonda de 28 metros de diámetro en el acceso a la Playa de Lapamán, y una cuña de acceso al mismo vial a la altura del antiguo Restaurante Arrieiro, ya en territorio marinense. Se trata de una zona conocida como TCA, (Tramo de Concentración de Accidentes), debido al elevado número de siniestros que se producen en esta vía en determinados puntos conflictivos en cuanto a tráfico en los que ahora la Xunta de Galicia está actuando para que sean eliminados.
Estas obras comenzaron a ejecutarse al final del pasado verano, una vez que la afluencia de tráfico es mucho menor porque hay menos número de visitantes foráneos. El plan de actuación incluye una mejora de la señalización de los pasos de peatones existentes mediante instalación de luminarias más potentes a la altura de estos pasos, y dotación de semáforos en los más conflictivos, demanda histórica de los concellos de Marín y Bueu, además de la eliminación de los postes de las barreras y renovar completamente la señalización horizontal. Se proyecta, además, la prolongación en 200 metros de la senda peatonal que viene del núcleo poblacional de Vilaseca, ya ejecutado el año pasado, para dotar a la playa de un camino accesible a toda la población.
El presupuesto total de todas estas actuaciones asciende a 935.000, y la Obra corresponde a la Consellería de infraestruturas e Mobilidade. Está siendo ejecutada por le empresa Taboada y Ramos.
Un conocido portal inmobiliario de nivel nacional vende unos inmuebles en la Avenida Otero Ulloa de Seixo por un ridículo precio de poco más de diez mil euros. En él se
Una de las sequoias centenarias de la Alameda Rosalía de Castro de Marín, la más próxima a la Cafetería Aroma, es ya historia desde la pasada semana, en la que la empresa contratada a tal efecto procedió a la tala casi completa de un ejemplar que había perdido, según los técnicos, una parte muy importante de su sistema radicular, (raíces), ante lo cual existía peligro de desplome de este enorme árbol de gran porte.
Marín podría contar, en breve con un gran supermercado ubicado en la calle República Argentina en un solar que, esporádicamente, se aprovecha para la instalación de circos o el almacenaje de materiales de obra o, incluso, como aparcamiento sucedáneo en alguna ocasión. Todo parece indicar que el destino próximo del mismo será puramente comercial, con una instalación que, además de ser cómoda para la actividad, también lo será para el acceso y los aparcamientos de los vehículos de los clientes que la utilicen que suele ser un handicap importante en este tipo de establecimientos.
La Carriola pudo saber de fuente solvente que la firma, ya instalada en Marín desde hace varios años en un lugar próximo, pretende construir una edificación exclusivamente comercial lo que podría chocar con lo que el PXOM estipula para la misma zona, urbanísticamente hablando, pero se especula con la posibilidad de conseguir una modificación que permita la construcción y el traslado de la actividad de las actuales instalaciones.
Fuentes municipales aseguran desconocer la situación de las supuestas negociaciones aunque tampoco se extrañan de lo que pudiera haber adelantado al respecto ya que, en los últimos años, han sido varias las firmas de supermercados que se interesaron por las posibilidades de instalarse en esa zona. La Carriola está en disposición de asegurar que ya existe compromiso firme de la referida firma comercial y el propietario del solar indicado.