Carriola.Redacción.04.01.26
Carriola.04.01.26
Hoy, a 24 horas de la llegada de los Reyes Magos, recupero un capítulo, real como la vida misma, de mi libro “Historias de Milo”, en el que recuerdo con mucha nostalgia la niñez de nuestros tiempos allá por los años 40/50 del pasado siglo en que todo era diferente. Quizás muchos de los que lo leáis hasta el final os veréis reconocidos en el contenido. Ese es hoy mi deseo.
TIEMPO DE NAVIDAD LOS REYES MAGOS Y PAQUITO, EL ANDALUZ

Julio Santos Pena
Las vacaciones habían transcurrido ya en sus dos terceras partes y, cinco días después se celebraría la festividad de los Reyes Magos. Milo tenía puestas sus últimas esperanzas en aquella noche mágica en la que su ilusión se hacía realidad.
La tarde del quinto día del mes de enero se convertía en el penúltimo reducto de las emociones navideñas porque Milo vería a los tres Magos sobre los caballos por las calles de Marín, flanqueados por fortachones guerreros romanos que portaban antorchas ardiendo y lucían cascos y petos plateados, y espadas colgadas en su cintura. El niño esperaba con impaciencia en la Plaza del Reloj junto a otros como él, el paso de SS. MM. Melchor, Gaspar y Baltasar que por fín aparecían sobre sus enormes monturas saludando a todos los que a su paso les aclamaban. A Milo se le ponía un nudo en el estómago y mientras veía a los egregios personajes su emoción crecía por momentos. Los romanos marchaban a ambos lados de los caballos con paso marcial a ritmo de la banda de cornetas de y tambores de la Escuela Naval, y la comitiva pasaba por delante del niño perdiéndose a los pocos minutos, Rúa Real abajo, a cuyos lados se mantenían otros cientos de niños, niñas y personas mayores que, como Milo antes, intentaban hacerse ver saludando a los tres Magos que respondían desde las grupas con sonrisas y besos lanzados al aire. De pronto todo volvía a la normalidad. Era ya de noche y en pocos minutos la plaza quedaba prácticamente desierta y silenciosa. Sólo en los iluminados comercios se podía ver una agitada actividad.
Milo sabía que los Reyes Magos acudirían a su casa porque nunca le habían fallado y, aunque lo que le dejaban sobre la mesa del taller de costura de su madre casi nunca era lo que él había pedido en la carta que su padre había llevado a Pontevedra para que llegase más pronto a Oriente, aquello no restaba ilusión a la noche y no era menos cierto que cualquier cosa, con el componente de sorpresa, era bien recibida. La madrugada del día seis de enero, repitiéndose el ritual cada año, recién despuntado el día, Milo y su hermana bajaban las escaleras que unían las dos plantas de la casa con el corazón en un puño en tanto no descubrían los paquetes sobre la gran mesa del taller. Entonces, y casi de forma milagrosa, aparecían sus padres con la sonrisa de oreja a oreja al comprobar las primeras reacciones de ambos niños ante los paquetes, a los que el padre frenaba de inmediato descubriendo, con aparente pero ensayada sorpresa, una carta al lado de los regalos supuestamente escrita por los tres Reyes Magos.
- ¡Andaaaa! -decía todo sorprendido – Aquí hay una carta de los Reyes. A ver Milo, léela - añadía, extendiendo el brazo hacia el impaciente niño.
El chaval miraba con resignación aquel documento sabiendo lo que en él le decían los Magos pues, en todos los años anteriores, ya le habían conminado a ser bueno y cariñoso, portarse bien y sobre todo estudiar mucho. Sabía Milo que no podría echar mano a ninguno de los misteriosos paquetes en tanto no acabara de leer la dichosa carta escrita en un papel azulado y con una letra muy parecida a la de su padre y se resignaba a su lectura escuchando a cada párrafo los comentarios del hombre que vigilaba de cerca la correcta lectura para que no se perdiera detalle apostillando las recomendaciones más convenientes de los Reyes.
Por fin rematado el suplicio y habiendo prometido ser bueno y cariñoso, portarse bien y, sobre todo, estudiar mucho durante el resto del año que acababa de empezar, Milo se lanzaba sobre los regalos descubriendo un mundo insospechado, porque la mayoría de las veces no se correspondían con lo pedido días antes, pero siempre con gran satisfacción por las nuevas expectativas.
Aquel año, mientras se emocionaba con los descubrimientos y devoraba los primeros caramelos del paquete que siempre dejaba Baltasar al lado de los juguetes como agradecimiento al anís que los niños le habían puesto en tres copas la noche antes, junto a otros tres vasos de agua para los camellos, Milo vio cómo su madre urgaba en el interior de un armario lleno de retales y telas de su propio taller de costura extrayendo de su fondo más profundo un hermoso paraguas que le entregaba al padre y éste se mostraba muy contento con el regalo que los Reyes le habían dejado y al niño le extrañó, no que los Magos dejaran el paraguas para su padre, sino que su madre acertase, sin ninguna indicación, donde se encontraba aquel regalo. Pero no le dio más importancia volviendo a centrarse en el montaje de las vías de un tren que circulaba de forma continua en redondo y se podía parar levantando una palanca sobre las vías que accionaba un freno situado debajo del primer vagón y viendo de reojo cómo su hermana, entusiasmada, hacía andar a una muñeca, rubia como ella, que decía “ma-má” y pa-pá” girando su cabeza a derecha e izquierda con cada adelantamiento de sus piernecitas.

A media mañana Milo salió a la calle con la caja del tren y se apresuró a montar en el callejón las vías y, sobre ellas, la máquina y los vagones bien enganchados. Otros niños de la calle fueron apareciendo cada uno con su juguete preferido y pronto se formó la tradicional algarabía. Ya casi ninguno se acordaba de los personajes que les habían traído desde Oriente aquellos regalos y todos sabían que la Navidad de aquel año era ya historia y, tan sólo un par de días después, habría que volver a la rutina escolar dejando de lado los juguetes que sólo se podrían usar en algún rato del día de vuelta del colegio si no se los guardaban los mayores de la casa diciendo
- Para cuando seas mayor.
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Había pasado un año y las vacaciones de Navidad, otra vez, estaban ya a la puerta. De nuevo los villancicos, la Historia del Niño Jesús nacido en el pesebre y los pastores llevándole corderos, pan, frutos y miel, y la llegada de los días de asueto. Otra vez la Nochebuena, el bacalao con coliflor y los dos trozos de turrón, uno blando y otro duro, y la algarabía de la Nochevieja para acercarse a la noche mágica de los Reyes Magos. Los juguetes del año anterior eran ya solo débiles recuerdos y la ilusión por saber qué vendría aquel año desde Oriente estaba renovada. Pero ya no sería todo igual desde que días antes de la noche mágica, una tarde Paquito, el andaluz, había dejado caer como una bomba en la calle
- Los Reyes son los padres
Milo y otros que tal cosa escucharon pusieron cara de sorpresa como si hubiesen oído un sacrilegio de los más graves.
- ¡Que sí!, ¡que sí!; los Reyes son los padres–insistía Paquito ante la perplejidad de unos y la sonrisa irónica de otros que ya estaban de vuelta y media
- . . los que van en la cabalgata. . . ???
- Esos son unos hombres de la Falange que se visten de Reyes y salen de la Escuela Naval- respondió con la misma rotundidad añadiendo - ¿Cómo van los Reyes a llegar a todas las casas del mundo en una noche?
- ¡¡¡Porque son magos!!!- se resistió Milo aún reconociendo que esa misma duda le había asaltado con cierta frecuencia en los últimos meses.
- ¿. . . Y los romanos?– preguntó Milo con al esperanza de poder desmontar la trágica revelación de Paquito
- ¡Qué romanos, hombre! – respondió con rotundidad en andaluz - Esos son también de la falange que se visten así... además– sentenció – ¡ahora ya no hay romanos!.
- Y mira, – insitió Paquito –¿no ves que la gente compra estos días las cosas en los comercios. . .? Pues son para ponerlas en los zapatos la noche de Reyes mientras los niños duermen – matizaba sin piedad el andaluz añadiendo, ¿O tú los viste alguna vez?
- No- reconocía Milo perplejo mientras le asaltaba la imagen de su madre el año anterior rebuscando en el armario del taller para extraer el paraguas que los Reyes habían traído para su padre.
Milo se guardó muy mucho el decir nada en su casa pero tras aquella conversación de la que algunos niños participantes habían salido llorando, su desconfianza creció considerablemente. Durante las jornadas siguientes se había repetido la conversación y Milo empezaba a rendirse a la realidad.
Dos días antes de la noche mágica Paquito volvió a la carga
- ¿Veis?; los Reyes son los padres y yo ya sé donde tiene mi madre los juguetes escondidos – añadió mientras Milo abría los ojos incrédulo.
- ¿Dónde? - se atrevió a preguntar
- En el armario de su habitación -contestó el andaluz con toda seguridad a la vez que decía: ¡Venid, venid, ya veréis! .
Paquito echó a andar hacia su casa y sus cuatro o cinco interlocutores le siguieron.
- Mi madre está en Pontevedra, seguramente fue a comprar más cosas y no hay nadie en casa – dijo para dar seguridad a todos.
El grupo se introdujo en el portal de la casa y Paquito abrió la puerta de la planta baja del edificio en la que vivían. Un largo pasillo conducía hacia la habitación de sus padres y en ella se introdujeron todos no sin dificultad por la falta material de espacio en su interior. Paquito abrió el armario y todos pudieron comprobar cómo dentro de él había varios paquetes envueltos con papel azul de bala. El andaluz extrajo el más grande y lo puso sobre la cama procediendo a desenvolver cuidadosamente su contenido que no era otra cosa sino

un triciclo seguramente para Josemari, su hermano más pequeño. Tiró de otro paquete y al retirar el envoltorio salió una muñeca y ante el asombro de los asistentes a aquel espectáculo que apenas podían respirar por los nervios acumulados dijo
- Esta muñeca la pidió mi hermana Mari Carmen
Tanto a Milo como a los demás presentes en aquella demostración palmaria de las teorías de Paquito, ya no les quedaba duda de que tenía toda la razón y al chaval volvía a reproducírsele la imagen de su madre extrayendo el paraguas del armario el año anterior. Mientras tanto los hermanos de Paquito, con edades propias para creer plenamente en los Reyes Magos, se habían unido al grupo y al ver el triciclo y la muñeca, cada uno de ellos echó mano de su juguete y mientras la niña acariciaba a la que sería su nueva compañera de juegos, Josemari colocó el triciclo en el pasillo y empezó a pedalear sobre él recorriéndolo todo de principio a fin y de fin a principio mientras los demás les observaban todavía digiriendo la cruda realidad.
Súbitamente, un ruido procedente de la puerta de entrada les hizo a todos volver sobre sí acurrucándose,unos contra otros, mientras oían pasos que, inexorablemente, se acercaban hacia la habitación. Era María, la madre de Paquito que, al enfilar el pasillo, vio a Josemari emulando al mejor de los ciclistas.
- ¡Ozú!, Pero…¡que paza aquí!– gritó tras ponerse pálida ente aquel espectáculo y mientras iba avanzando hacia la habitación
Paquito no sabía cómo reaccionar y cuando intentó arrebatar la muñeca de las manos de Maricarmen para devolverla al armario, la niña empezó a gritar protestando de forma estentórea mientras su madre estaba ya a un par de pasos de la habitación. Una vez dentro volvió a gritar
- Pero. . . ¡que paza aquí!– al ver que el armario estaba abierto y otros paquetes a punto de ser violentados sobre la cama y echando una amenazadora mirada a todos los que se encontraban en el habitáculo
Cuando la mujer se introdujo en el cuarto, Milo y los demás intrusos decidieron que era el momento de poner tierra por medio y salieron en fila por el pasillo a toda velocidad abriendo la puerta precipitadamente. No así Paquito al que María, su madre, le impidió la salida colocándose entre los pies de la cama y la pared lo que hizo imposible su fuga. Antes de salir definitivamente de la casa, todos pudieron oir el seco y repetido sonido de la zapatilla de María en el culo del pobre Paquito al que durante dos días no se le vio por la calle, víctima del castigo al que fue sometido y que le tuvo recluido en su habitación todo el tiempo.
Cuando el andaluz se reincorporó a la normalidad callejera, al verlo, todos lo rodearon para saber lo que había ocurrido tras el incidente
- Mi madre me puso el culo negro con la paliza que me dio y me dijo que este año los Reyes no me echarían nada.
- ¿Y tus hermanos?Preguntó Milo
- Bueno, como son pequeños mi madre les dijo que los Reyes habían dejado todo allí para no ir tan cargados en la noche del día cinco y que había que dejar todo guardado para que no se enfadasen. Como son pequeños- repitió– se lo creyeron.
A Milo, cuya decepción había sido grande por la experiencia vivida, aquello de “como son pequeños” que había dicho Paquito al referirse a sus hermanos, le supo a gloria porque empezó a sentirse verdaderamente mayor.