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PENSANDO EN ALTO: Ancianos de hoy en día

Carriola. 24.01.26.

julio@carriola.es.

¿QUÉ HACEMOS CON LOS VIEJOS?

 

José Iglesias

 Esta es la pregunta que nuestra sociedad responde mirando para otro lado

He tenido la suerte —o quizá la bofetada moral— de conocer otras culturas de cerca: África, Asia,  La Europa post-soviética… Lugares donde la vida es dura de verdad, donde no existen las frases motivacionales ni los “tips” de bienestar, y donde, sin embargo, hay algo que permanece sagrado: el anciano.

Allí, al viejo no se le abandona, no se le aparca, no se le mira con condescendencia.
Se le venera.
Se le escucha.
Se le consulta antes de tomar decisiones importantes.

 

Y aunque una familia viva en una casa de adobe, con recursos que aquí consideraríamos insuficientes incluso para un fin de semana, los mayores comen primero, o al menos comen seguro. Un tazón de leche de cabra, un trozo de pan... lo que haya.
Los adultos se privan ellos, aunque su esfuerzo mereciera mejor nutrición.
Así funciona la supervivencia: del más fuerte hacia el más vulnerable.

Curioso, ¿verdad?
Parece que cuanto menos se tiene, más se comprende el verdadero valor de quienes nos preceden.

Mientras tanto, en la opulenta y bienintencionada Europa…

Aquí los viejos tienen dos etapas claramente diferenciadas:

  1. La edad dorada del abuelo-canguro, disponible siempre, amoroso, paciente, resolutivo.
  2. La edad invisible, cuando necesitan ayuda… y dejan de encajar en el estilo de vida moderno.

Porque seamos sinceros: en esta sociedad donde todo gira en torno al “tiempo para uno mismo”, el anciano dependiente es una incoherencia viviente.
Un recordatorio incómodo de que la vida no siempre se ajusta a la agenda.

Mientras puedan cuidar a los nietos, perfecto.
Mientras puedan aportar económicamente, maravilloso.
Mientras su presencia facilite la vida de los hijos, son un regalo.

Pero el día que requieren cuidados, atención diaria, visitas médicas, acompañamiento… entonces ya no hablamos de amor, hablamos de logística.
Y la logística, amigo mío, no combina con la vida moderna:

  • escapadas de fin de semana,
  • jornadas interminables,
  • hiperactividad social,
  • viajes como quien colecciona cromos,
  • y la necesidad obsesiva de “calidad de vida”.

La calidad de vida del viejo, por supuesto, no se contabiliza.

Los ancianos —esos mismos que nos dieron todo: tiempo, juventud, dinero, renuncias, noches en vela— se convierten súbitamente en una carga emocional.
Una disonancia con el ideal actual de autonomía perpetua.

Porque cuidar a un anciano implica algo que hoy nos provoca sarpullido:
sacrificio.
Sí, esa palabra que hemos desterrado de nuestros discursos y de nuestra forma de vivir.

Queremos:

  • estabilidad sin renuncia,
  • vínculos sin responsabilidad,
  • afecto sin obligaciones,
  • hijos sin complicaciones,
  • padres sin dependencia,
  • y una vejez sin viejos.

Imposible.
La vida real no cabe en ese catálogo.

En culturas con nada, los ancianos representan todo.
Aquí, con todo, los ancianos representan nada… si ya no pueden dar.

Es una verdad incómoda, pero la digo igual:


Una sociedad que no sabe qué hacer con sus viejos, tampoco sabe quién es.

Nos hemos especializado en cuidar a los mayores… siempre que otros los cuiden.
Residencias como delegación afectiva, profesionales como sustitutos de la gratitud, instituciones como coartada emocional.

¿Es malo? No.
Pero es insuficiente si la motivación no es amor, sino alivio.

Allá donde hay poco, se cuida más.
Aquí donde hay tanto, se quiere menos.
Allá se entiende que sin los mayores no existiríamos.
Aquí se entiende que sin ellos tendríamos más tiempo libre.

Y así seguimos, orgullosos de nuestra modernidad, pero con un vacío ético que no llenan ni cien viajes a Tailandia.

Porque, amig@s, al final todo se resume en esto:

El progreso nos ha dado comodidad,
pero nos ha quitado instinto.
Y una sociedad sin instinto de cuidar a sus viejos
es una sociedad que envejece sola.

  Viejos saludos.

roslev