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Los sábados: PENSANDO EN ALTO: Consumir nuestros productos

Carriola. 21.02.26.

julio@carriola.es.

YO DECIDO LO QUE ENTRA EN MI PLATO

José Iglesias

Hay decisiones políticas que uno puede discutir.
Y hay otras que, directamente, obligan a cambiar de hábitos.

Después de leer con algo más de detenimiento el acuerdo de la Unión Europea con Mercosur, confieso que he llegado a una conclusión muy sencilla: a partir de ahora leeré las etiquetas con aún más atención. Siempre que me sea posible, no pienso consumir nada que no sea nuestro. O, al menos, nada que no cumpla las normas que aquí se exigen.

Y no, no es proteccionismo de salón ni nostalgia rural. Es coherencia básica.

Durante años se ha regulado hasta el último detalle del sector agroalimentario europeo. Que si gallinas en espacios abiertos, que si ahora en espacios cerrados, que si bienestar animal, que si hormonas prohibidas, que si pesticidas fuera. Todo ello —no lo discuto— ha dado lugar a una comida más sana, más segura y más respetuosa con el medio ambiente. Magnífico.

El problema llega después.

Porque, una vez que se ha encarecido la producción europea a base de normas (muchas de ellas necesarias), resulta que abrimos la puerta al libre comercio con países donde no se respeta ni una sola de esas reglas. Donde se produce en intensivo con sustancias prohibidas aquí, con controles laxos y costes que hacen imposible competir al agricultor familiar europeo. Todos recordamos las fresas contaminadas procedentes de Marruecos  ( será que aquí no hay unas fresas espectaculares en Huelva), las naranjas importadas de Sudáfrica con insecticidas aquí prohibidos( igual las de Valencia ya no nos valen…). No será que los grandes distribuidores hacen y deshacen lo que les viene en gana sin que nadie quiera/pueda ponerles coto?

¿El resultado?
Que el que cumple pierde.
Y el que no, gana mercado.

Eso no es libre comercio. Es competencia desleal con aval institucional.

Mientras tanto, se habla mucho de sostenibilidad, de transición ecológica y de defensa del mundo rural. Pero el rural real —el que produce, el que cuida el territorio, el que no sale en los informes— sigue desapareciendo. No porque no sea eficiente, sino porque no puede competir contra lo que aquí sería ilegal producir.

Y luego nos preguntamos por la “España vaciada”, como si fuese un fenómeno meteorológico y no una consecuencia directa de decisiones tomadas muy lejos del campo.

¿Está en juego la salud? Sí. Y no es exagerar.
Porque cuando se relajan los controles en origen, cuando se multiplican las importaciones y cuando la trazabilidad se convierte en un eslogan, lo que entra por la frontera acaba, antes o después, entrando en el plato.

No sé cuál es la solución política a todo esto. Ojalá la hubiera sencilla.
Lo que sí tengo claro es una cosa: me voy a parar a ver, con mucha calma, quien defiende mejor esto que os acabo de plantear. Porque cuando las decisiones afectan directamente a tu salud, a tu territorio y a tu modo de vida, mirar hacia otro lado deja de ser una opción.

Así que, ya que no puedo decidir las normas que se firman en despachos lejanos, decidiré al menos lo que compro. Leeré etiquetas. Preguntaré el origen. Elegiré lo cercano cuando pueda .Esperaré paciente a las cerezas del Jerte, maduradas con el sol extremeño, despacio, como debe ser. El Fresón de Palos, cuando toca, no cuando el frigorífico quiere

No cambiaré el mundo, pero tampoco pienso ser cómplice silencioso.

Porque si no puedo decidir las reglas del juego,
al menos decidiré lo que entra en mi plato.

Saludos.

roslev