Carriola. 10.08.26.
julio@carriola.es.
QUERIDA EUROPA, ¿Y CUANDO EL PROBLEMA LO TENEMOS NOSOTROS, QUE HACEIS?
José Iglesias
Tengo que reconocer que últimamente empiezo a hacerme una pregunta que hace unos años probablemente ni siquiera me habría planteado: ¿para qué nos sirve realmente la Unión Europea a los países del sur cuando el problema está precisamente en el sur?
No cuestiono el proyecto europeo, ni mucho menos la necesidad de pertenecer a él. Tampoco cuestiono nuestras obligaciones dentro de la OTAN. Durante cuarenta años de vida militar aprendí algo bastante sencillo: cuando perteneces a una alianza, la seguridad del compañero termina siendo también la tuya. Precisamente por eso entiendo perfectamente lo ocurrido desde que Rusia invadió Ucrania.
A Finlandia se le acabaron de golpe muchas dudas históricas y entró en la OTAN. Polonia, Estonia, Letonia, Lituania y el resto de países próximos a Rusia reclamaron más protección. Se desplegaron grupos de combate, aviones, sistemas antiaéreos y miles de militares. España también respondió. Como debía hacerlo. Soldados españoles están a miles de kilómetros de sus casas contribuyendo a proteger la frontera oriental de Europa.
Nada que objetar.
Para eso están las alianzas.
Pero precisamente por eso me permito hacer una pregunta bastante incómoda: ¿qué sucede cuando la frontera que está sometida a presión no es la oriental, sino la meridional?
Porque Europa también termina en el Mediterráneo.
España, Italia y Grecia llevan muchos años recordándolo. Somos la frontera sur de esa Europa que tanto invocamos cuando hablamos de derechos, mercado común, moneda única o defensa colectiva. Y por esa frontera llegan periódicamente flujos migratorios que pueden alcanzar dimensiones extraordinarias y poner bajo una presión enorme a territorios concretos.
Conviene separar las cosas. Detrás de cada persona que llega puede existir un drama humano, pobreza, guerra o simplemente la legítima aspiración de buscar una vida mejor. Eso merece humanidad y respeto.
Pero reconocer el drama humano no obliga a renunciar al sentido común.
Una frontera sigue siendo una frontera.
Y cuando decenas de miles de personas intentan atravesarla en un periodo muy corto, aquello deja de ser únicamente un problema migratorio y pasa a convertirse también en un problema de seguridad, capacidad de acogida y soberanía.
Entonces uno mira hacia Europa esperando escuchar lo mismo que escuchamos cuando la preocupación estaba en Polonia o en los países bálticos:
«Vuestra frontera es nuestra frontera».
Pero no siempre tengo la sensación de escucharlo con la misma claridad.
Y eso me preocupa.
Porque resulta muy fácil ser europeo cuando Europa reparte fondos, elimina aduanas o nos permite atravesar media docena de países sin enseñar el pasaporte. La verdadera Unión Europea debería aparecer precisamente cuando uno de sus miembros tiene un problema serio.
Para compartir lo agradable basta una asociación.
Para compartir los problemas hace falta una unión.
Y España tiene, además, una particularidad geográfica que Europa no debería descubrir el día que tengamos una crisis grave. A escasos kilómetros de nuestro territorio se encuentra Marruecos, un país importantísimo para España y con el que estamos condenados —en el mejor sentido de la palabra— a entendernos, comerciar y cooperar. Pero también un vecino con el que existen importantes cuestiones pendientes y periódicos episodios de tensión.
Y ahí aparecen inevitablemente Ceuta y Melilla.
Dos ciudades españolas.
No españolas dependiendo de la coyuntura internacional. No españolas mientras resulte diplomáticamente cómodo defenderlas.
Españolas. Punto.
Por eso me hago otra pregunta que seguramente incomodará a más de uno.
Si algún día Ceuta o Melilla sufrieran una presión verdaderamente grave, no necesariamente militar —las guerras del siglo XXI no siempre necesitan tanques cruzando una frontera—, ¿sentiría Europa que están atacando una parte de su territorio con la misma intensidad con la que siente amenazada la frontera de Estonia, Finlandia o Polonia?
Quiero creer que sí.
Pero reconozco que no estoy completamente seguro.
Y esa duda, tratándose de una Unión, ya debería preocuparnos.
Porque la solidaridad no puede depender de la latitud.
No podemos tener fronteras europeas de primera y fronteras europeas de segunda. No podemos considerar que una amenaza procedente del este afecta automáticamente a quinientos millones de europeos mientras una crisis procedente del sur pertenece fundamentalmente al español, al italiano o al griego que tuvo la mala suerte de nacer junto al Mediterráneo.
España cumple sus compromisos.
Nuestros militares están en Letonia, Eslovaquia, Rumanía y otros lugares de Europa defendiendo una frontera situada a miles de kilómetros de nuestras casas. Y me parece bien que estén allí. Si mañana un aliado necesitara nuestra ayuda, espero que España vuelva a estar.
Pero precisamente por eso podemos exigir reciprocidad.
No caridad.
No comprensión.
Reciprocidad.
Si un soldado español puede considerar que la frontera báltica también es la suya, un ciudadano de Helsinki, Varsovia, Berlín o Bruselas debería comprender que la frontera de Ceuta, Melilla, Canarias, Lampedusa o las costas griegas también es la suya.
Eso es Europa.
Lo demás son tratados, fotografías de familia y edificios llenos de banderas.
Quizá hemos dedicado demasiado tiempo a discutir cuánto dinero recibimos de Bruselas y demasiado poco a preguntarnos qué significa realmente pertenecer a una comunidad política. Porque una unión no se demuestra cuando todos estamos cómodos. Se demuestra cuando uno tiene problemas y los demás acuden.
Y por eso, mientras observo cómo Europa ha reaccionado —correctamente— ante la amenaza existente en su frontera oriental, no puedo evitar mirar hacia el sur y preguntarme:
¿Y nosotros?
¿Nuestra frontera también es vuestra frontera?
¿Nuestros problemas también son vuestros problemas?
¿Ceuta y Melilla son Europa con todas las consecuencias o solamente aparecen en el mapa europeo cuando no resulta incómodo recordarlo?
No tengo respuesta.
Pero después de toda una vida vistiendo un uniforme sí aprendí algo sobre los compañeros: uno sabe quién está realmente a su lado no cuando todo va bien, sino cuando empiezan los problemas.
Y quizá haya llegado el momento de que Europa responda a una pregunta muy sencilla:
¿Somos una Unión para todo... o solamente para aquello que preocupa a quienes están más al norte?