Carriola. 29.08.26.
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Septiembre siempre llega después de agosto

José Iglesias
Hay cosas que uno empieza a esperar con la misma certeza con la que sabe que después del verano llegará el otoño. Durante julio y agosto nos bombardean con cifras de ocupación hotelera, récords de pasajeros en los aeropuertos, terrazas llenas, restaurantes sin una mesa libre y testimonios de personas que, ante una cámara, explican con absoluta naturalidad que están de vacaciones y que, por tanto, esos días no piensan privarse de nada. Y me parece estupendo. Cada uno hace con su dinero lo que considera oportuno y faltaría más que alguien tuviera que justificar dónde pasa sus vacaciones, cuánto se gasta en ellas o si prefiere quedarse tranquilamente en casa.
El problema es que llega la última semana de agosto —porque llega, todos los años, de manera bastante previsible— y comienza otra letanía igualmente tradicional: la vuelta al colegio es carísima, el material escolar ha subido, la mochila cuesta una barbaridad, el uniforme supone un desembolso tremendo, los zapatos, el chándal, los cuadernos... De repente, después de unas semanas en las que parecía que cualquier renuncia podía provocar una crisis existencial, descubrimos horrorizados que los niños vuelven al colegio en septiembre.
Naturalmente, no hablo de todos. Hay familias cuyos ingresos apenas alcanzan para cubrir las necesidades fundamentales, hogares donde unas decenas de euros de más suponen un verdadero problema y padres que no han pisado un aeropuerto, un hotel ni un restaurante durante todo el verano porque sencillamente no pueden permitírselo. Precisamente ahí es donde creo que el Estado debe volcar sus recursos. Una sociedad digna no puede permitir que un niño tenga menos oportunidades educativas porque sus padres carezcan de medios económicos. Para eso contribuimos todos y para eso, entre otras muchas cosas, debería servir la solidaridad colectiva.
Pero no confundamos esa realidad con otra bastante diferente: no poder pagar algo no es lo mismo que no querer renunciar a otra cosa para pagarlo.
Quizá ahí esté una de las diferencias que más percibo entre la sociedad en la que crecí y la actual. En mi infancia, y también cuando criamos a nuestros hijos, la mochila era la que podía comprarse en casa, no necesariamente la de determinada marca, personaje o equipo de fútbol. Los libros se pagaban religiosamente y pasaban a formar parte del presupuesto familiar porque sabíamos, desde muchos meses antes, que septiembre acabaría llegando. Hoy, además, existen sistemas de gratuidad o préstamo de libros que alivian considerablemente ese gasto a muchas familias. Incluso el tan criticado uniforme puede tener otra lectura: cuesta dinero al principio del curso, evidentemente, pero también evita buena parte del gasto diario en ropa y, de paso, alguna competición absurda por ver quién lleva determinada marca.
Tal vez el verdadero problema no esté en septiembre, sino en nuestra creciente dificultad para aceptar la renuncia. Hemos construido una sociedad en la que casi todo parece haberse convertido en imprescindible. Hay que viajar, salir, estrenar, disfrutar, consumir experiencias y hacerlo, además, ahora. Esperar empieza a parecernos una anomalía y decir «este año no puedo» casi una derrota. Y no creo que seamos peores personas por ello; probablemente somos el resultado de varias décadas de abundancia, publicidad y consumo en las que nosotros mismos hemos educado a quienes vienen detrás diciéndoles, muchas veces con la mejor intención, que no queríamos que pasasen las privaciones que habíamos pasado nosotros. Quizás nos pasamos de frenada.
Porque aquellas privaciones, sin necesidad de idealizarlas, también nos enseñaron algunas cosas. Nos enseñaron a esperar, a ahorrar, a cuidar lo que teníamos y, sobre todo, a establecer prioridades. Si había que comprar los libros, quizá aquel mes no había otra cosa. No ocurría ninguna tragedia. Simplemente la economía familiar obligaba a elegir y elegir significa inevitablemente renunciar.
Algo parecido podríamos preguntarnos respecto a la educación superior. La universidad supone un esfuerzo económico enorme, tanto para las familias como para el conjunto de la sociedad, y me parece absolutamente razonable que el Estado facilite el acceso a quien tenga capacidad y voluntad de estudiar pero carezca de recursos. Ahí tampoco debería quedar nadie atrás por haber nacido en una familia humilde. Pero ayudar no debería significar necesariamente desligar la ayuda de cualquier responsabilidad. ¿Sería tan descabellado vincular determinadas ayudas públicas al aprovechamiento académico? ¿O establecer sistemas complementarios de crédito público, en condiciones razonables, cuya continuidad dependiese también de los resultados y cuya devolución comenzase únicamente cuando el antiguo estudiante dispusiera de ingresos suficientes? No afirmo tener la fórmula perfecta, pero sí creo legítimo preguntarnos si derechos, oportunidades y responsabilidades no deberían caminar algo más juntos.
El Estado debe estar detrás de quien cae, ayudar a quien verdaderamente lo necesita y procurar que el lugar donde uno nace no determine el lugar al que puede llegar. Esa es, para mí, una de las grandes conquistas de una sociedad moderna. Pero quizá estamos confundiendo poco a poco esa imprescindible red de protección con otra idea mucho más discutible: que alguien debe evitarnos también las consecuencias de nuestras propias decisiones.
Y ahí tengo mis dudas.
No añoro una sociedad de privaciones ni pretendo convertir el sacrificio en una virtud por sí mismo. Me alegra que nuestros hijos y nuestros nietos puedan disfrutar de cosas que nosotros ni siquiera imaginábamos. El progreso consiste precisamente en vivir mejor. Lo único que me pregunto es si vivir mejor significa necesariamente no renunciar nunca a nada.
Porque educar también consiste en enseñar que no siempre se puede tener todo, que algunas cosas necesitan esfuerzo, que otras requieren espera y que disponer de recursos obliga a decidir dónde queremos emplearlos.
Y quizá, antes de indignarnos por lo cara que resulta la vuelta al colegio, convendría hacer un ejercicio bastante menos sofisticado que cualquier política económica: mirar tranquilamente en qué gastamos nuestro dinero durante los meses anteriores.
Al fin y al cabo, septiembre tiene una costumbre verdaderamente irritante.
Siempre llega después de agosto
Buena semana