Carriola. José Iglesias. 17.10.2026
Llevo varios días intentando convencerme de que esta semana debería escribir sobre cualquier otra cosa. Les aseguro que lo he intentado. He buscado algún asunto cotidiano, alguna de esas pequeñas historias que suceden a nuestro alrededor y que tantas veces nos ofrecen motivos para reflexionar. Incluso he pensado en dejar descansar la cabeza y dedicar estas líneas a algo más agradable, que tampoco estaría mal de vez en cuando. Pero nada, no ha habido manera. Al final, uno termina regresando a aquello que precisamente pretendía evitar. Y es que nos esperan aproximadamente cuarenta días durante los cuales vamos a escuchar tantas promesas, advertencias, reproches y explicaciones sobre las desgracias que nos aguardan que, si conseguimos llegar al final conservando intacta nuestra capacidad de razonar, podremos considerarlo todo un éxito.
Tengo la impresión de que vivimos en un país en el que buena parte de sus ciudadanos ya tienen decididas sus preferencias. No sé si eso es bueno o malo, ni pretendo averiguarlo. Cada cual tendrá sus razones, sus experiencias y sus expectativas, y todas merecen el mismo respeto. Lo que me cuesta creer es que cuarenta días de discursos vayan a transformar radicalmente unas convicciones que parecen cada vez más arraigadas. Seguramente habrá quien cambie de opinión, faltaría más, pero sospecho que la mayoría escuchará lo que desea escuchar, rechazará lo que no le gusta y terminará reafirmándose en aquello que ya pensaba antes de comenzar. Y mientras tanto, ahí estaremos todos, asistiendo a una interminable sucesión de mensajes destinados, demasiadas veces, no tanto a explicar lo que se pretende hacer como a convencernos de lo desastroso que resultaría que otros tuvieran la oportunidad de hacerlo.
Y es precisamente ahí donde empieza mi desconcierto. Porque, a estas alturas de la vida, uno agradecería que lo trataran como a una persona adulta. No creo estar pidiendo demasiado. Me gustaría escuchar explicaciones sencillas, comprensibles y, a ser posible, acompañadas de algo más que buenas intenciones. Qué se quiere hacer, cómo se pretende conseguirlo, con qué medios y en cuánto tiempo. Cuatro preguntas bastante elementales que, sin embargo, parecen extraordinariamente difíciles de responder. No necesito que nadie dedique media hora a explicarme lo mal que lo hicieron quienes estuvieron antes, ni que emplee otra media en advertirme de las calamidades que llegarán si las cosas no salen como desea. Para eso tengo memoria, ojos y oídos. Y aunque reconozco que con los años alguna de esas facultades empieza a necesitar mantenimiento, todavía funcionan razonablemente bien.
Lo curioso es que este empeño en señalar los defectos ajenos termina produciendo un efecto bastante peculiar. Si uno escucha solamente las descripciones que unos hacen de otros, acaba llegando a la conclusión de que nuestro país lleva décadas dirigido exclusivamente por una sucesión de incompetentes, irresponsables y personajes de dudosas intenciones. Y, sin embargo, aquí seguimos. Con dificultades, naturalmente, con problemas que necesitan soluciones y con muchas cosas que mejorar, pero también con avances que sería injusto ignorar. Porque algo habremos hecho bien entre todos durante estos años, digo yo. A veces parece que reconocer cualquier mérito ajeno constituye una especie de traición a las propias convicciones, como si la razón fuese una propiedad privada que solamente pudiera pertenecer a determinados grupos de personas. Y no deja de resultar curioso que quienes tanto insisten en explicarnos lo equivocados que están los demás encuentren tantas dificultades para reconocer sus propios errores. Debe de ser una facultad humana extraordinariamente selectiva.
Esta misma semana contemplaba unas imágenes de la Puerta del Sol de Madrid que me hicieron pensar hasta dónde puede llegar semejante empeño en enfrentarnos. Unos muchachos, algunos apenas adolescentes, insultándose y provocándose mientras recurrían a gestos y símbolos que evocan algunos de los episodios más terribles de la historia. Jóvenes realizando saludos nazis, otros exhibiendo emblemas de ideologías que también dejaron tras de sí páginas dolorosas. Y me preguntaba qué pensarían quienes vivieron aquellas tragedias, o quienes crecieron escuchando sus consecuencias de labios de sus padres y abuelos. Qué pensarían al comprobar que determinados símbolos, cargados de sufrimiento y muerte, pueden terminar convertidos en simples instrumentos de provocación entre chavales que apenas han comenzado a vivir. No sé si conocen suficientemente aquello que representan. Pero sí me parece una pena que, teniendo toda una vida por delante, algunos hayan encontrado tan pronto motivos para despreciarse mutuamente. Quizá los adultos deberíamos preguntarnos qué ejemplo estamos ofreciendo, antes de sorprendernos por lo que hacen los más jóvenes.
Pero regresemos a nuestros cuarenta días, que bastante trabajo tenemos con ellos. Yo no pretendo que nadie renuncie a defender sus ideas ni que desaparezcan las discrepancias. Sería absurdo. Las diferencias de criterio forman parte de cualquier sociedad libre y, bien entendidas, contribuyen a mejorarla. Lo que me gustaría es que el desacuerdo no se convirtiera sistemáticamente en una competición para determinar quién consigue desacreditar mejor al contrario. Porque una cosa es explicar por qué consideramos acertada una propuesta y otra muy distinta dedicar todos nuestros esfuerzos a demostrar que cualquier propuesta ajena es necesariamente un disparate. Y, sobre todo, porque los problemas que preocupan a los ciudadanos no desaparecen por mucho que nos entretengamos discutiendo sobre quién tuvo la culpa de que existan. Las familias seguirán necesitando llegar a fin de mes, los jóvenes continuarán buscando oportunidades, las personas mayores necesitarán atención y quienes trabajan seguirán esperando que su esfuerzo les permita vivir dignamente. Y todos ellos agradecerían, estoy seguro, algo más de claridad y bastante menos ruido.
Tal vez el problema sea que hemos terminado acostumbrándonos a escuchar respuestas a preguntas que nadie ha formulado. Uno quiere saber cómo se pretende resolver una dificultad concreta y recibe una detallada explicación sobre los errores cometidos por otros hace diez años. Pregunta cuánto costará una determinada medida y le responden con una reflexión sobre las intenciones de quienes no la comparten. Se interesa por los plazos y termina escuchando una larga enumeración de agravios pasados. Y así, cuando concluye la intervención, uno sabe perfectamente a quién debe considerar responsable de todos sus males, pero sigue sin tener la menor idea de cómo van a solucionárselos. Debo reconocer que semejante habilidad para hablar tanto sin responder exactamente a lo que se pregunta tiene su mérito. Aunque, puestos a elegir, preferiría un poco menos de habilidad y bastante más concreción.
A estas alturas tampoco espero milagros. Los años enseñan que los problemas importantes rara vez tienen soluciones sencillas y que las promesas resultan mucho más fáciles de formular que de cumplir. Precisamente por eso agradecería que se nos hablara con franqueza, incluso cuando las respuestas no fueran las que deseamos escuchar. Que alguien reconociera las dificultades, explicara los límites de lo posible y tuviera la valentía de admitir que determinadas cosas requieren tiempo, esfuerzo y recursos que no siempre están disponibles. Personalmente, me inspira bastante más confianza quien reconoce un problema que quien asegura tener una solución inmediata para todos. Porque la experiencia me ha enseñado que, cuando alguien promete arreglarlo absolutamente todo sin esfuerzo y sin coste alguno, conviene comprobar que todavía conservamos la cartera en el bolsillo.
En fin, queridos lectores, no quiero cansarlos más. Bastante tendrán ustedes durante las próximas semanas como para que venga yo a añadir otro discurso a la colección. No pretendo decirles lo que deben pensar, ni mucho menos convencerlos de que cambien de opinión. Cada uno sabrá qué considera mejor y tendrá sus motivos para ello. Solamente quisiera pedir que, entre tanto mensaje, tanta advertencia y tanto reproche, alguien se acuerde de que al otro lado estamos personas capaces de escuchar, comparar, reflexionar y decidir por nosotros mismos. Ciudadanos que no necesitamos que nos expliquen continuamente lo malos que son los demás, sino que agradeceríamos conocer con claridad qué se propone hacer, cómo y cuándo.
Ánimo. Solo quedan cuarenta días.