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La familia de Ángel Santiago 'o Cañán' fallecido en el Gran Sol en 1953 localiza y visita su tumba en Irlanda

Carriola.Redacción.19.10.25

julio@carriola.es 

Morir en el Gran Sol allá por la mitad del pasado siglo era  un drama frecuente para los marineros de los pesqueros gallegos que acababan enterrados en cualquier cementerio irlandés porque las cosas no estaban para repatriaciones

Las familias de los náufragos tenían que conformarse con su recuerdo y con la angustia de haber perdido al ser querido que, generalmente en plena juventud, rendía su vida en el cumplimiento de su deber peleando con las olas y los vientos de aquellos locos mares que están reservados a los héroes anónimos que son todos los marineros, porque ellos navegan en pos del sustento de los suyos.

Ángel Santiago Acuña, se llamaba aquel joven de 24 años de la familia de “Os Cañáns”, que no hay familia que se precie en nuestra Galicia que no cuente con su particular identificación popular. Había nacido en el año 1927 y veinticuatro años después casó con  Rosalía González Villanueva iniciando una vida feliz pero siempre con el sobrepeso sobre sus cabezas de la ausencia y, cómo no, del peligro de los mares del Gran Sol que con mucha frecuencia, y en especial en aquellos tiempos, se cobraba el vidas humanas el producto que los marineros extraían de sus aguas.

Dos años disfrutaron Ángel y Rosalía de su matrimonio y de su primera hija porque el mar se lo llevó a él en un naufragio y dejó a Rosalía con una niña de año y medio y con el embarazo de dos meses de la segunda que nacería tras la muerte de su padre. Rosalía y Ángela nunca conocieron a su padre.

“Naquel tempo - nos dicen los familiares del finado Ángel - non se repatriaban os mortos e, a nosa avoa, tampouco tiña recursos  para poder traelo  desde tan lonxe”. Y Rosalía tuvo que digerir la desgracia con la valentía y la serenidad que las viudas de los marineros fallecidos en la lejanía son capaces de echar para adelante a la familia a base de trabajo y cariño de madre que es la mejor medicina para este tipo de circunstancias. Rosalía escuchó muchas veces, de sus hijas y de otros familiares, el deseo de buscar los restos del padre de familia y abuelo, y procurar trasladarlos a su Marín natal pero siempre expresó su deseo de dejarlo descansar en paz allá donde había sido enterrado. “Nunca quixo reabrir  unha ferida pechada a base de bágoas e de tempo e dicía que a busca por Irlanda non llo ía a devolver e, para ela era como se aínda non regresara á casa; un día marchou e non regresou máis”- apuntan sus familiares.

La hija viva de ángel y su nieta, hija de Rosalía en la puerta del cementerio de Castletown

Pero las heridas dejan cicatrices a veces molestas y acaso incurables. Las hijas de Ángel barruntaron muchas veces su deseo de recuperar la memoria de su padre y ahora, tras el fallecimiento de una de ellas, Rosalía, su hermana que cuenta con 72 años de vida, inició un proceso de búsqueda, nada sencillo, sobre todo por el desconocimiento de  dónde podrían descansar sus restos mortales, tan lejos y en país tan desconocido, y por los setenta años que han pasado desde el accidente que le causó la muerte en el mar. Fueron varias las personas que le aseguraron que la tumba donde descansa Ángel existía y se encontraba en Bantry y, siendo así, varios familiares se desplazaron en octubre del pasado año a aquella ciudad irlandesa donde se entrevistaron con uno de los enterradores del cementerio en el que sospechaban se encontraba la tumba que buscaban. “Daquela non tivemos moito éxito porque, o home non sabía nada do asunto pero deixamos o noso contacto por se nalgún momento a tivera localizada, e regresamos sen moita esperanza”.

Y pasó un año sin demasiada confianza pero, a la vez, sin perder la esperanza de recibir noticias de aquel hombre irlandés que, finalmente,  sí cumplió su promesa de intentar la localización de la tumba. “Na primaveira deste ano recibimos un correo no que o enterrador comunicábanos que atopara o lugar onde esta o noso pai/abó pero non en Bantry senón en Castletownbere e decidímonos a viaxar de novo a Irlanda”.

El pasado viernes, setenta años después del fatídico accidente que segó la vida de Ángel Santiago, sus familiares llegaron a reunirse con él, como siempre había sido el sueño de sus hijas y nietas, viviendo la emoción de un reencuentro que quedó registrado con el

Ángela y su esposo con la placa que ahora identifica la tumba del padre de ella en Irlanda

depósito de una placa con la identificación del marinero y así consiguieron cerrar el círculo de un vivo y eterno deseo de esta familia que ahora sabe dónde se encuentra su héroe víctima de la furia del mar del Gran Sol en el lejano año de 1953.

Descanse en paz y que esa paz llene los corazones de sus familiares que han cumplido la ilusión de su vida el pasado viernes, día 17 de octubre.

roslev