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CARRIOLA DA OPINIÓN: Lo que el jabalí nos deje, señor conde

Carriola.03.12.25.

julio@carriola.es.

CUANDO EL RURAL SOLO IMPORTA SI AFECTA AL NEGOCIO GRANDE

Por Jose M. Iglesias

Vecino del rural marinense.

Durante años, en el rural gallego hemos aprendido a convivir con una certeza no muy agradable: somos visibles solo cuando conviene. Y cuando no conviene, desaparecemos de las prioridades de quienes toman decisiones. Lo vemos cada temporada, cuando volvemos a sembrar con fe y a recoger con incertidumbre lo que el jabalí  nos deje.

En Marín, como en tantas otras de Galicia, la sobrepoblación de jabalíes es un problema crónico. En una sola noche arrasan maizales, huertas, patatas… lo que para muchos no es economía, sino tradición, amor a la tierra, cultura y porqué no decirlo, gusto por la alimentación de calidad,
Mientras nosotros tratamos de levantar vallas, remendar fincas etc., la respuesta oficial llega tarde, mal o simplemente no llega.

Al mismo tiempo, observamos con desconcierto decisiones que agravan la situación: repoblaciones cinegéticas impulsadas por sociedades de caza con especies que no son propias de aquí —perdiz patirroja, faisán común—, o el desplazamiento del corzo hacia la costa por el aumento del lobo en el interior. Vemos que la invasión de avispa asiática ha terminado prácticamente con nuestras colmenas sin mas medidas que unas botellas colgadas y la recogida de nidos, medidas que se han mostrado inútiles… Todo ello sin una planificación rigurosa, sin estudios de impacto y, sobre todo, sin escuchar a quienes vivimos pegados a la tierra.

Pero estos días, desde Cataluña, llegan imágenes distintas: jabalíes muertos por peste porcina, y con ellos un despliegue inmediato de recursos excepcionales: UME, policía, equipos sanitarios, controles, operativos de urgencia.
Lo que aquí no suscita más que recomendaciones imprecisas, allí se convierte en “prioridad nacional”.

Y entonces uno se pregunta: ¿qué ha cambiado?
La respuesta es transparente: allí existe un potente sector porcino industrial que mueve millones. Allí sí hay un riesgo para un modelo económico importante. Y cuando hay dinero en juego, el Estado reacciona con una rapidez admirable.

La comparación es inevitable, pero no para enfrentar territorios. No es Galicia contra Cataluña, ni rural contra industrial. Es algo más simple y más duro:

Parece que la vida pequeña no importa hasta que interfiere en la vida grande.

La agricultura familiar, el autoconsumo, los huertos que sostienen a una casa no tienen portavoces, lobbies ni estadísticas espectaculares. Pero representan una parte esencial del tejido rural. Mantienen vivo el paisaje. Complementan  economías domésticas. Son patrimonio social.

Cuando un jabalí arrasa un maizal en una aldea, nadie envía la UME.
Cuando la enfermedad amenaza a una gran explotación industrial, el país entero se activa.

Ese doble rasero duele porque evidencia una realidad incómoda:
el rural tradicional está cada vez más lejos del centro de las decisiones públicas, pero todos se nos llena la boca con la España vaciada

No pedimos helicópteros ni operativos militares.
Pedimos algo más sencillo y mucho más justo:

  • Gestión coherente y profesional de la fauna salvaje.
  • Planificación científica de repoblaciones cinegéticas.
  • Escucha activa a agricultores y ganaderos de autoconsumo.
  • Prevención, no solo reacción cuando el dinero grande está en peligro.

El rural no necesita compasión, sino respeto.
Y el respeto empieza por reconocer que las pequeñas fincas, los huertos familiares y las formas de vida que resisten en Pontevedra, Lugo, Orense A Coruña o el rural español en general, merecen la misma atención preventiva que cualquier industria intensiva.

Porque la gran paradoja es esta:
Lo que de verdad sostiene al territorio no es el macro-negocio, sino la gente que sigue sembrando, cuidando y viviendo donde otros solo pasan de largo.

Quizá algún día entendamos que proteger la vida pequeña es proteger la vida de todos

roslev