Carriola. 13.12.25.
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LA SOCIEDAD HIPERREGALADA; EL MILAGRO DE RECIBIR SIN MERECER

José Iglesias
El otro día entré en la habitación de mi nieto. Un territorio que podríamos llamar Narnia versión consumista: montañas de juguetes que no recordaba haber comprado, cajas sin abrir, objetos repetidos… una especie de ecosistema plástico autogestionado.
Me quedé mirándolo todo con la misma expresión que uno pone al ver una factura de la luz: mezcla de asombro y resignación.
Y claro, me vino a la mente mi propia infancia. Aquella época antigua —casi prehistórica— en la que los regalos llegaban una vez al año, venían firmados por Sus Majestades de Oriente y, atención, no se negociaban. Las buenas notas eran tu obligación, no tu ticket para recibir una consola.
Hoy, en cambio, parece que los niños viven en una especie de perpetuo festival del premio, donde cualquier gesto, desde respirar de forma educada hasta no derramar el zumo, merece una recompensa.

Antes esperábamos doce meses para recibir un juguete, y el juguete lo sabía: era especial.
Hoy los regalos aparecen por Reyes, por Papá Noel, por el Black Friday, por el pre-Black Friday, por el “se portó bien en el coche”, por el “no lloró tanto”, por el “me miró con ternura”… Dentro de nada celebraremos el Día Internacional del Niño Que No Rompió Nada en Cinco Minutos.
Hemos convertido el premio en una especie de vitamina diaria:
“Tómatelo, hijo, que como no te regale algo no duermes.”
La escena es familiar:
—Si te portas bien, te compro esto.
—Si sacas buenas notas, te llevas aquello.
—Si no gritas, te doy un premio.
—Si gritas, también, porque estoy agotada.
La excelencia ha sido sustituida por la gestión del silencio. Antes las notas eran lo que se esperaba de ti. Hoy son una oportunidad comercial.
Estamos criando niños que podrían dedicarse profesionalmente a la negociación internacional:
“¿Cuánto me dan por recoger el cuarto?”
“¿Este berrinche cotiza al alza?”
Hemos llegado al extremo de que una mínima desilusión infantil se interpreta casi como un acontecimiento traumático que habrá que tratar en terapia durante años.
Recuerdo cuando participaba en una carrera, o mis hijos no hace tanto, llevaban premio los tres primeros.Ahora, hay que darle una medalla a todos los participantes…Quien diablos le dirá a ese niño que lo suyo no es el atletismo, a lo mejor es un gran ajedrecista, pongamos por caso, pero con una medalla por carrera, el rapaz se creerá un Usain Bolt de la vida cuando ni lo es ni lo será nunca.
Y claro, para evitar esas tragedias universales —un “no”, un “ahora no toca”, un “ya tienes mil”— se reparten premios como si fuéramos embajadores del Banco Central Europeo imprimiendo billetes.
Pero mira tú por dónde, resulta que la frustración educa.
Sí, educa. En cantidades razonables, claro. Lo sorprendente es que intentando evitar que los niños sufran, solo conseguimos hacerlos más frágiles.
Una ironía tan grande que merece su propio parque temático.
Las empresas han entendido la situación mejor que nadie.
¿Quieres que tu hijo sea más listo, más tranquilo, más autónomo, más feliz, más simpático, más guapo?
Fácil: cómprale este juguete, este set educativo, esta caja sorpresa que no sabías que necesitaba pero que ahora, según el anuncio, es cuestión de vida o muerte.
El amor moderno pasa por caja.
La educación, también.
No se trata de volver al “porque lo digo yo” o a la tiranía de la dureza antigua. No.
Se trata de recuperar la idea, hoy revolucionaria, de que:
- el esfuerzo vale,
- la excelencia se reconoce,
- y no pasa nada si un niño, de vez en cuando, se queda sin premio.
A veces, la mayor recompensa es aprender a esperar.
Y si no, que miren nuestras generaciones: crecimos sin trauma, sin Black Friday, y sin necesitar un regalo por cada respiración, pero con una imaginación no conocida en estos tiempos.
Eso sí, ahora nos toca observar cómo nuestros nietos reciben juguetes por existir. Cosas de la evolución humana.
Saludos Navideños.