Carriola. 19.12.25.
julio@carriola.es.
LA RESPONSABILIDAD, ESA GRAN DESCONOCIDA

José Iglesias
En España, para desempeñar casi cualquier profesión regulada existen filtros estrictos.
Quien aspira a ser funcionario debe superar tribunales y exámenes; los cuerpos policiales y militares se someten a evaluaciones periódicas; en la empresa privada las mutuas realizan revisiones anuales; y ningún marinero puede embarcar sin un certificado médico de APTO.
En todos estos casos, la lógica es clara: antes de asumir una responsabilidad es necesario demostrar capacidad, equilibrio y aptitud.
Sin embargo, hay un ámbito donde esta lógica parece romperse: la política.
Quienes legislan, administran recursos públicos y toman decisiones que afectan al conjunto de la sociedad no están obligados a pasar pruebas psicológicas, evaluaciones de idoneidad ni seguimientos independientes. Un código ético muy genérico, una declaración de bienes y un declaración de incompatibilidades, medidas que no se han mostrado muy eficaces, son los únicos filtros aplicables . No existe un sistema formal que verifique su capacidad de gestión, su estabilidad emocional o su idoneidad ética, más allá del juicio electoral cada cierto número de años.
Este vacío contrasta con lo que muestran algunos países con altos niveles de confianza institucional.
Estudios de la OCDE señalan que naciones como Dinamarca, Finlandia o Nueva Zelanda cuentan con mecanismos consolidados de supervisión pública:
– códigos éticos estrictos,
– transparencia reforzada,
– auditorías independientes,
– controles de integridad y conflictos de interés,
– y procesos internos de selección que exigen formación y competencia.

No se trata de pruebas psicológicas, sino de estructuras de control estables y externas que limitan los abusos y elevan la calidad de la representación pública.
No garantizan la perfección, pero sí la responsabilidad.
Aquí surge la ironía:
solemos exigir más filtros a quien conduce un autobús que a quien conduce un país.
Más pruebas a quien maneja una herramienta que a quien administra miles de millones de euros.
Más controles a quien trabaja en una fábrica que a quien toma decisiones irreversibles sobre el sistema educativo, sanitario o social.
Y, aun así, seguimos votando como si la selección de representantes fuese un acto casi sentimental, más cercano a la costumbre que al análisis. Nos sorprendemos cuando las cosas no avanzan o avanzan por sendas discutibles, pero rara vez nos preguntamos qué controles previos exigimos — o no exigimos — a quienes aspiran a dirigir lo común.
Es aquí donde aparece la pregunta incómoda:
¿Hasta qué punto somos también responsables de la calidad de quienes elegimos?
Quizá la democracia tenga este peculiar sentido del humor:
refleja exactamente lo que la ciudadanía deposita en ella.
Si en la urna ponemos expectativas vagas y poca exigencia, lo que obtenemos después será, inevitablemente, más de lo mismo.
Una reflexión final
Tal vez la clave no sea culpar, sino comprender.
Una sociedad que desea buenos gobernantes debe empezar por comportarse como buenos votantes. Y eso exige comparar, dudar, preguntar y exigir —acciones sencillas, pero innovadoras en tiempos de mensajes breves y eslóganes brillantes.
La democracia no es un espectáculo del que somos público.
Es un espejo.
Y lo que devuelve depende, mal que nos pese, de cómo decidamos mirarlo.
No quisiera que nadie interpretara este texto como un artículo partidista, no lo es.
Su intención es transversal, dirigida a quienes profesan cualquier ideología, sin ánimo de polémica, y con el único propósito de invitar a una reflexión colectiva y serena.
Saludos democráticos.