Carriola. 07.03.26.
julio@carriola.es.
TEATRO, GUERRAS Y ALFOMBRAS ROJAS

José Iglesias
Confieso que esta semana he sentido algo más que preocupación. No es miedo. No es tristeza. Es indignación. Porque cuando el mundo arde, aquí seguimos ensayando teatro.
No voy a entrar en tácticas militares, ni en análisis geoestratégicos. Tampoco voy a defender o condenar a presidentes extranjeros con poca o nula catadura moral. Pero soy ciudadano. Y como tal, me cuesta entender el espectáculo moral que se monta en este país —y en buena parte de Europa— cada vez que hay que posicionarse ante una guerra.
Hace unos días, durante la gala de los Premios Goya, vimos a actores y actrices desfilar por la alfombra roja envueltos en vestidos y trajes de diseño. Da igual si eran prestados. Da igual si no los pagaron. Estaban promocionando lujo mientras proclamaban consignas políticas. “Palestina libre”, se escuchaba.
Y bien. Defender la vida y la dignidad humana siempre está bien.
Pero aquí, en casa, han muerto 47 personas en un accidente de tren. Cuarenta y siete. Y el silencio ha sido ensordecedor. Ni proclamas. Ni pancartas. Ni discursos inflamados contra la gestión deficiente que, según parece, pudo influir en la tragedia. Los muertos patrios no tienen alfombra roja.
La indignación selectiva empieza a parecer una disciplina olímpica.
Miremos más allá.
Cuba. Décadas de miseria estructural. Un país que oficialmente resiste al imperialismo mientras su población sobrevive con cartillas de racionamiento. ¿De verdad alguien cree que esa pobreza apareció de repente? ¿O quizá durante años algunos sí nadaban en la abundancia mientras otros hacían colas para conseguir pan?
Haití. Alguien se acuerda de Haití? La gente muere por las calles mientras pandillas y mafias dirigen el caos. A unos kilómetros estamos en la Republica Dominicana con todo incluido. Miseria y caos en el Oeste, Resorts y lujo en el Este. Si Colón viese en que se ha convertido La Española….
Irán. Ahora nos rasgamos las vestiduras por la violación del derecho internacional. Pero el régimen de los ayatolás lleva más de cuarenta años aplastando cualquier disidencia. Miles de ejecutados, decenas de miles de encarcelados, represión sistemática de mujeres y opositores. Según diversas ONG, decenas de miles de muertos en protestas a lo largo de décadas. Y ahora descubrimos que el régimen no respeta las normas.
¿De verdad?
Y mientras tanto, Europa. Nuestra querida y sofisticada Unión Europea. La respuesta suele ser una reunión para convocar otra reunión donde fijar una fecha para emitir una declaración conjunta cuidadosamente redactada para no molestar demasiado a nadie. Mucha coordinación. Mucha diplomacia. Mucho verbo en condicional.
Pero decisiones, pocas.
Tenemos a Ucrania invadida por un régimen autoritario que lleva años desafiando el orden internacional. Y aún así seguimos midiendo cada paso no sea que se enfade quien controla el gas. No sea que haya consecuencias económicas. No sea que el coste político sea incómodo.
El cálculo siempre pesa más que la coherencia.
Y mientras tanto, la lista es interminable: palestinos que siguen muriendo, iraníes sin libertad, cubanos atrapados en la escasez, ucranianos bajo las bombas. Y aquí, nosotros, debatiendo hashtags, contando “likes” y aplaudiendo discursos cuidadosamente ensayados.
Quizá lo que más cansa no es la guerra. Es la hipocresía.
Esa sensación de que muchos de los que se presentan como referentes culturales, líderes morales o representantes institucionales practican una indignación cómoda. Segura. Fotogénica. Sin coste real.
La guerra es una tragedia. Pero el teatro que la rodea empieza a ser obsceno.
Tal vez el problema no sea solo lo que ocurre fuera.
Tal vez el problema sea que aquí hemos aprendido a convertir cualquier drama en espectáculo.
Y eso sí que debería preocuparnos.