Carriola.29.03.26
CUANDO SOMOS MADRES Y PADRES ASERTIVOS
Dolores Armas
Lic. en Psicopedagogía
Como ya he dicho anteriormente, suele existir una tendencia en los padres y madres hacia un estilo educativo determinado que depende de su manera de entender al niño y la educación, y de su manera de resolver los conflictos con los que se encuentra a diario. A esa tendencia que se presenta en un mayor número de situaciones se suman otras formas de resolver los problemas con los hijos cotidianamente. Incluso es frecuente encontrar familias en que el hombre tiene un estilo y la mujer otra. En la familia tradicional era habitual encontrar a un padre más autoritario, que hacía cumplir las normas de un modo inflexible y una madre más comprensiva y afectuosa.
En este caso, el estilo asertivo estaría relacionado con aquellos momentos en que entendemos las necesidades y peculiaridades de cada hijo, cuando las normas se establecen pensando en su bienestar, cuidado personal y desarrollo de habilidades y competencias sociales. Asimismo cuando se fomenta la presencia de conductas positivas y se inhibe la presencia de actos fallidos escapando de los castigos arbitrarios. Bajo este estilo se tiene muy claro hacia dónde se quiere dirigir la conducta del hijo, por lo que se manifiesta mucha tranquilidad y templanza al comunicarle sus ideas y dirigir sus pasos. Habitualmente se ofrece al niño espacios de autonomía, permitiéndole que dirija su acción y vaya aprendiendo a corregir sus errores, acompañándolo en su día a día. Los límites y las normas tienen como objetivo que aprendan a ponerse límites a él mismo. La autoridad es sólida pero se acompaña de un vínculo afectivo fuerte y estable.
¿Qué hacen estos padres cotidianamente?
Ya desde el nacimiento estos padres son muy receptivos a las necesidades de su bebé, formando con él fuertes lazos de cariño y confianza. Actúan con naturalidad, y no se ciñen a muchas de las creencias erróneas que sobre crianza hay en su entorno. Les hablan con calma, los acompañan en los momentos de dolor o malestar, y entienden con bastante acierto sus primeras señales comunicativas. No son ni excesivamente estrictos, con horarios y rutinas, ni tampoco excesivamente permisivos aceptando todo lo que el niño manifiesta. Buscan normalmente un equilibrio entre sus necesidades y deseos, y las habilidades que ha de desarrollar para vivir con cierto bienestar en sociedad. Proponen a los hijos metas que son adecuadas a su edad, pretenden no poner retos ni demasiado complejos, ni facilitarles en exceso el día a día. Cuando creen que son capaces de realizar con autonomía una tarea, aunque cometan algún fallo, les dejan actuar con libertad, supervisándolos y enseñándoles a mejorar; ofreciéndoles un entorno que les proporcione mucha seguridad y en el que construyan unos fuertes lazos afectivos. Normalmente bajo este estilo no se castiga de un modo arbitrario y se evitan los gritos y los enfados.

Los niños aprenden que las sanciones son consecuencias naturales de sus actos, por lo que se trata de que entiendan que las acciones tienen secuelas y hay que repararlas de algún modo. En este caso los padres también suelen ser buenos negociadores, de manera, que aun sabiendo lo que es conveniente para su hijo, son capaces de escucharlo y tener en cuenta su opinión siempre que sea posible. Enseñan sobre todo con paciencia, refuerzan las conductas deseables e ignoran pequeños errores que saben que con el tiempo y la práctica dejarán de cometer.
Consecuencias
Los niños criados mayormente bajo este estilo educativo suelen ser niños con un autoconcepto ajustado y una buena autoestima. No suelen encapricharse ni enfadarse desmedidamente, ya que van desarrollando desde bien pequeños el sentido de la responsabilidad, y conocen además que los actos tienen sus consecuencias inmediatas. Suelen ser pequeños con buenas habilidades sociales, colaboradores y bien integrados en los grupos de iguales. Generalmente asumen las normas y toman decisiones con gran autonomía. Respetan las figuras de autoridad, tanto a sus padres, como a los profesores u otros adultos con los que se relacionan. Saben escuchar y saben hacerse escuchar. Manejan bastante bien sus emociones y sentimientos y las reconocen en los demás, mostrándose como personas muy empáticas.