Carriola. 25.07.26.
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Esta semana, soy incapaz de elegir que reflexión poner, con lo cual , os pongo dos.
Primera: Veamos el monte en conjunto.

José Iglesias
Esta semana, soy incapaz de elegir que reflexión poner, con lo cual , os pongo las dos.
Veamos el monte en conjunto.
En los últimos días he leído un artículo aquí, en Carriola, sobre el riesgo de incendio en el monte comunal . Como presidente de la CM de San Xulián, podéis entender que me vea en la obligación de daros mi punto de vista. Curiosamente, esa reflexión venía acompañada de fotografías tomadas mientras se practicaba deporte por nuestras pistas forestales. Y, precisamente esas fotografías, lejos de demostrar abandono alguno, ponen de manifiesto una realidad muy distinta: si hoy alguien puede correr, caminar o montar en bicicleta con seguridad por esos caminos es porque detrás existe un trabajo continuo de mantenimiento, de desbroce, que pocas veces se ve y casi nunca se reconoce.
Mantener cerca de trescientas hectáreas de monte no consiste únicamente en plantar árboles. Supone limpiar y desbrozar veintisiete kilómetros de pistas forestales, mantener abiertas las franjas secundarias de protección, garantizar que cualquier vehículo de extinción pueda acceder con rapidez a un posible incendio y conservar operativos todos los puntos de recarga de agua. A ello hay que añadir las más de veinte hectáreas desbrozadas este mismo año, una actuación realizada íntegramente con fondos propios de la Comunidad de Montes de San Xulián.
Y aquí conviene hacer una reflexión que va más allá de nuestro caso concreto.
Vivimos una época en la que las administraciones anuncian constantemente subvenciones para proyectos de todo tipo. No voy a entrar a valorar cuáles son más o menos necesarios, porque todos tendrán su justificación. Pero resulta difícil comprender que, tratándose de una cuestión tan esencial como la prevención de incendios forestales, esta Comunidad de Montes no haya recibido ni un solo euro para realizar unos trabajos que benefician no solo a los comuneros, sino a todos los vecinos y usuarios del monte.
Porque cuando se limpia un monte no se protege únicamente la madera. Se protegen viviendas, carreteras, instalaciones públicas, fauna, patrimonio natural y, sobre todo, vidas humanas.
También llama la atención que quienes muestran tanta preocupación por el estado del monte comunal rara vez dediquen unas palabras al lamentable estado de conservación de otros espacios cuya responsabilidad corresponde a las administraciones públicas. Basta recorrer los márgenes de la circunvalación para comprobar la abundancia de vegetación seca y de especies pirófitas creciendo dentro de la propia zona de dominio de la carretera. Ahí parece que las cámaras y las críticas encuentran menos motivos para detenerse.
No pretendo abrir un debate estéril ni señalar culpables. Simplemente creo que, antes de emitir juicios, conviene conocer el trabajo que hay detrás de aquello que vemos. Es fácil recorrer una pista limpia un domingo por la mañana. Lo difícil es mantenerla así durante todo el año.
Desde la Comunidad de Montes de San Xulián seguiremos haciendo lo que hemos hecho siempre: trabajar. Sin grandes titulares, sin buscar reconocimientos y, si es necesario, también sin ayudas. Porque quienes vivimos el monte sabemos que los incendios no se apagan únicamente en agosto. Se empiezan a combatir muchos meses antes, con horas de desbrozadora, de tractor, de planificación y de esfuerzo.
Y esa labor, aunque no siempre se vea, deja huella. Basta con recorrer nuestras pistas para comprobarlo.
Para terminar esta parte, pediría que , por favor, se extremen las precauciones , nuestro monte esta muy seco, hay una ausencia de lluvia casi total y, aquell@s que recorran, que recorramos el monte, lo cuidemos.
Y ahora,
Segunda, ¿De verdad era esto lo urgente?
Esta semana, mientras hacía una de esas caminatas casi diarias con mi amigo Abraham, al pasar a la altura de la playa de Mogor, nos encontramos con una patrulla de la Policía Local conversando con uno de los socorristas. Como eran conocidos, nos acercamos por simple curiosidad. Nunca se sabe si alguien necesita una mano o si ha ocurrido algún percance en los que podamos ser útiles.
La respuesta nos dejó tan sorprendidos que durante unos segundos pensé que era una broma.
Había llegado una orden de Capitanía Marítima prohibiendo las tablas de paddle surf dentro de las zonas balizadas de baño. Hasta ahí, uno puede pensar que existiría algún motivo de peso. Pero la sorpresa llegó cuando pregunté si la prohibición afectaba también a colchonetas, flotadores gigantes, unicornios hinchables, kayaks infantiles y demás ingenios veraniegos.
No.
Solo a las tablas de paddle surf.
—¿Y cuál es el motivo? —pregunté.
La respuesta merece quedar escrita para la posteridad.
—Es que llevan dos bares de presión y adquieren una dureza que puede resultar peligrosa.
Confieso que me quedé mirando al horizonte buscando una explicación mejor. No la encontré. Eso sí, me vino a la cabeza que probablemente más de dos bares habría visitado quien redactó semejante ocurrencia antes de firmarla.
Seguimos caminando porque la escena empezaba a rozar el surrealismo. Los chavales seguían disfrutando del agua sin entender muy bien por qué aquello que cinco minutos antes era perfectamente normal acababa de convertirse en un riesgo para la seguridad ciudadana.
Y fue entonces cuando dejé de pensar en las tablas.
Empecé a pensar en nosotros.
Porque cada vez tengo más la sensación de que vivimos en una sociedad que legisla con una facilidad asombrosa sobre lo accesorio mientras mira hacia otro lado cuando aparecen los problemas verdaderamente importantes.
No sé cuántas normas nuevas aprobamos cada año. Deben de ser miles. Regulamos el tamaño de las etiquetas, el color de los tapones, la presión de una tabla hinchable, el grosor de una bolsa o la altura de un cartel. Todo parece susceptible de convertirse en decreto, reglamento, instrucción o protocolo.
Sin embargo, mientras multiplicamos las normas, uno tiene la impresión de que disminuyen las cosas que antes no necesitaban escribirse porque simplemente formaban parte de la educación.
No hace falta una ley para ayudar a una persona mayor a cruzar una calle.
No hace falta un reglamento para ceder el asiento a quien lo necesita.
No hace falta una orden ministerial para respetar a un profesor que intenta enseñar, a un policía que intenta mantener el orden o al vecino con el que compartimos una escalera.
Eso antes se llamaba educación.
Y nacía mucho antes que el Boletín Oficial.
No estoy diciendo que las normas sean malas. Sería absurdo. Una sociedad necesita reglas para convivir. Lo preocupante es que parece que cada nueva norma intenta sustituir al sentido común. Como si creyéramos que cualquier problema puede resolverse redactando un artículo más y publicándolo en un boletín.
Quizá por eso cada vez tenemos más leyes... y menos convivencia.
Más reglamentos... y menos responsabilidad.
Más prohibiciones... y menos criterio.
No sé si prohibir una tabla de paddle surf hará nuestras playas más seguras. Ojalá sea así. Pero tengo mis dudas de que una sociedad mejore únicamente porque cada verano añadimos una prohibición nueva.
Todavía recuerdo en mi juventud aquellos hombres , ya mayores, que alquilaban sus viejas barcas de madera. Estaban en la orilla, a nadie molestaban , no había zona exclusiva de baño , ni zona de navegación, era, simplemente, convivencia.
Tal vez deberíamos dedicar el mismo entusiasmo a recuperar valores que nunca necesitaron publicarse en ningún boletín oficial.
Porque una sociedad no se mide por el número de normas que es capaz de aprobar.
Se mide por el número de normas que sus ciudadanos ya no necesitan que les recuerden
Buena semana!!