Carriola.J.S.P. 16.12.23
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Un “Pequeño Gigante” del ciclismo que asombró a Galicia con su pesada “Alcyon”
Es bastante difícil, tal como se ve ahora en las televisadas pruebas ciclistas, imaginárselas como serían allá por las primeras décadas del pasado siglo. Hoy caravanas de coches auxiliares, técnicos asomados por las ventanillas arreglando en marcha las bicicletas y corredores enfundados en ropa espectacular, gafas y cascos de seguridad nos impiden poder ver imaginariamente, lo de aquellos tiempos

En Marín suena el nombre de Manuel Rosales en el ámbito deportivo porque hemos visto o leído las proezas de nuestro atleta veterano ganador de cuanto maratón hubo por el mundo hasta que la edad le permitió competir en cualquier parte del globo. Crónicas y referencias a nuestro Rosales salen con frecuencia, y con frecuencia se le ve allí donde se celebra una prueba atlética para estar, para animar y, seguramente, para añorar sus tiempos propios de esfuerzo y triunfo, que una cosa va con la otra.
Pero... decía mi abuela que, como todas las abuelas era sabia, que “Os palleiros non se fan sen palla” y nuestro Rosales Touza de hoy está hecho con los mimbres de su propio padre, ciclista destacado de aquellos primeros años del siglo XX que asombró a propios y extraños y dejó por la popa a corredores que ya cantaban victoria desde el hotel de concentración. A Manuel Rosales (padre) no le hacían falta hoteles ni equipos de apoyo extravagantes.

Le bastaba su bicicleta con la que salía desde Marín hacia la carrera allá donde fuese con los tubulares enrollados a la cabeza por si hubiera un pinchazo, unas botellas de agua a reponer en cualquier fuente del itinerario y ponerse a correr en las carreras para llegar el primero muchas veces, proclamarse campeón en numerosas e importantes ocasiones, y regresar a Marín del mismo modo que había ido en sentido contrario. Y los más fenómenos de momento tuvieron que reconocer la valía de aquel marinense osado al que llegaron a denominar “Pequeño Gigante” y no era para menos.
En el año 1928, vamos ya casi al centenario de aquella gesta, aquel “Pequeño Gigante” empezó a enseñar las uñas y, el 23 de este mismo mes que ahora corre, se inscribió para participar en el Campeonato Gallego de Ciclismo. Seguramente los legendarios corredores del momento: Botana, Ponte, los hermanos Maciel... sonrieron cuando le vieron en la línea de salida pero se llevaron la sorpresa de que aquel mismo día, Rosales corrió la etapa desde Santiago pasando por Redondela, La Guardia, Baiona, etc. En 4 horas y 8 minutos sacándole en meta al favorito, José Ponte, más de once minutos de ventaja y habiendo desarrollado una velocidad media de 29 kilómetros por hora que con aquellas bicicletas prehistóricas era toda una proeza. Aquel primer golpe de Rosales fue festejado en Marín y en todo Morrazo donde había entonces una buena afición al deporte de las dos ruedas.
Pero el mismo Ponte tuvo que soportar que, al año siguiente el “Pequeño Gigante” hiciera la carrera Coruña-Santiago-Coruña a una velocidad media de 33k/h y así una y otra vez, quedándose con

sucesivos campeonatos gallegos que le supieron a poco y, apoyado en su brillante y sorprendente palmarés, se fue a participar al País Vasco, sin más equipo que su “gran” pequeña figura, tubulares enroscados, y montado desde Marín en su “Alcyon”, una bicicleta pesada como las de aquel tiempo repitiéndose, seguramente, las miradas burlonas de los fenómenos en la línea de salida como había sucedido tiempo atrás en Santiago. Rosales no hizo aspavientos ni dio muestras de ningún tipo de superioridad pero acabó siendo campeón de aquella vuelta ante el asombro de los vascos que nunca tal hubieran imaginado, y en su bici, tomó rumbo a casa, como si nada.
De ahí en adelante, éxito tras éxito hasta que le llegó la edad y el momento de dejar la competición. Ya no corrió más Rosales para ganar a nadie pero no se apartó del mundo de la bicicleta porque, aunque era un experto ebanista y un verdadero artista en el tratamiento de la madera, montó un taller de venta y reparación de bicicletas, taller que muchos recordamos con emoción porque allí alquilábamos, por dos reales una hora, las bicis con las que podíamos circular por el Marín tranquilo y sosegado de mediados del pasado siglo. Pero además, aquel paladín del deporte, dejó escritos varios guiones cinematográficos y solo Dios sabe cuantas cosas habrá hecho en el mundo literario que se perdieron con el tiempo y con su falta de ambición personal por destacar en ese campo.
Manuel Rosales (padre) dejó constancia de una historia deportiva personal acaso poco conocida para muchos y el Manuel Rosales (hijo) heredó el espíritu deportivo de su padre y, de su historia, sí tenemos más conocimiento pero eso será para contar otro día en Carriola