Carriola. 07.11.26.
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A LOS DE BLANCO QUE NADIE LOS TOQUE

José Iglesias
Llevo dos días acompañando a mi madre, anciana ya, en nuestro hospital público de Montecelo. Dos días que, como comprenderéis, no son precisamente los que uno elegiría para pasar fuera de casa. Y aquí, entre pasillos, habitaciones, batas blancas y el ir y venir de personas que trabajan mientras otros esperamos, he tenido tiempo para observar y reflexionar. Esta semana pensaba escribir sobre la diferencia entre culpa y responsabilidad, pero las circunstancias me han llevado por otro camino. Y quizá no sea tan diferente, porque hoy quiero hablar precisamente de personas que asumen sus responsabilidades cada día, con una profesionalidad y una humanidad que merecen ser reconocidas.
Todos conocemos las críticas a nuestra sanidad pública. Las listas de espera, las dificultades para conseguir determinadas citas, los problemas de abastecimiento de algunos medicamentos, las largas horas que a veces se pasan en urgencias, las instalaciones que envejecen y las necesidades de mejora. Ahí están las pancartas, los carteles y las reclamaciones, algunas seguramente muy justificadas. No pretendo discutirlas ni negar que existan problemas. Pero desde este humilde diario digital quiero decir algo que quizá no se escucha con la frecuencia que merece: solo tengo palabras de agradecimiento hacia los profesionales que trabajan en nuestra sanidad. Todos, absolutamente todos. Desde el celador que traslada una cama hasta el médico de mayor prestigio, pasando por enfermeras, auxiliares, personal de limpieza y cuantos hacen posible que funcione.
Montecelo tiene sus años. Se nota en las instalaciones, en los pasillos, en el mobiliario y en tantos detalles que el tiempo va dejando sobre los edificios. Vendrán mejoras con las nuevas instalaciones hospitalarias, y bienvenidas sean. Pero una cosa es que un hospital sea antiguo y otra muy distinta que esté descuidado. Lo que yo he visto es limpieza, orden, atención y, sobre todo, algo que ningún edificio nuevo puede garantizar por sí solo: cariño. Sí, cariño. Esa palabra que parece tan poco técnica y que, sin embargo, resulta tan importante cuando quien está en una cama es tu madre. He visto gestos, palabras y maneras de tratar a los pacientes que no aparecen en ninguna estadística ni se pueden medir con un presupuesto. Una paciencia y una vocación que, al menos en mi experiencia de estos días, merecen todo mi reconocimiento.
Pero también he observado algo que me ha desagradado profundamente. Carteles advirtiendo de la prohibición de agredir al personal,, malos modos, peores contestaciones, exigencias formuladas sin la menor educación y palabras que nadie debería tener que escuchar mientras está haciendo su trabajo. ¿De quién? Pues de nosotros, de los usuarios. Y aquí sí quiero detenerme. Tenemos derecho a reclamar una atención adecuada, a preguntar, a recibir explicaciones y a presentar una queja cuando algo no funciona. Por supuesto que sí. Pero ese derecho no nos autoriza a tratar con desprecio a quien tenemos delante. Una enfermera no es responsable de que una lista de espera sea larga. Un celador no decide cuántos médicos debe contratar un hospital. Y quien está limpiando una habitación no tiene por qué soportar la frustración acumulada de nadie. La preocupación, el cansancio y el miedo pueden explicar un mal momento, pero no deberían convertirse en permiso para faltar al respeto.
En más de una ocasión os he contado que la vida me ha permitido viajar y conocer otros lugares. También he tenido ocasión de ver cómo funcionan distintos sistemas sanitarios. En algunos países, disponer de un seguro médico o de recursos económicos suficientes condiciona enormemente la atención que uno puede recibir. En otros, determinadas prestaciones, consultas o medicamentos pueden implicar gastos que aquí no estamos acostumbrados a afrontar directamente. Y no quiero ni pensar en las dificultades de quienes enferman en países empobrecidos o devastados por una guerra. Todo ello me lleva a valorar todavía más algo que quizá damos por supuesto: poder entrar en un hospital público y recibir asistencia sin tener que preguntarnos, antes de nada, cuánto dinero tenemos en el bolsillo.
Y aquí estoy, viendo a mi madre en una cama limpia, recibiendo su medicación y siendo atendida por personas que, además de conocimientos, demuestran sensibilidad. No sé si mañana tendré motivos para quejarme de alguna cuestión administrativa, de una espera o de cualquier otra deficiencia. Si los tengo, lo haré. Pero eso no borrará lo que estoy viendo estos días. Porque reconocer lo que funciona bien no significa cerrar los ojos ante lo que funciona mal. Significa, simplemente, ser justo.
Sé que habrá quien aproveche estas palabras para llevar la conversación hacia quienes gobiernan, hacia las decisiones presupuestarias o hacia las responsabilidades de unos y otros. Es un debate legítimo, pero no es el tema de esta reflexión. Menos aún en tiempos en los que cualquier comentario parece tener que convertirse en una toma de partido. Las instituciones deben responder de sus decisiones y los ciudadanos tenemos derecho a exigir mejoras. Pero no confundamos a quienes administran el sistema con quienes, día tras día, lo sostienen trabajando.
Quizá nos vendría bien recordar, de vez en cuando, que no todo merece una queja. Que también podemos dar las gracias. Que una palabra amable no cuesta dinero y que detrás de cada uniforme hay una persona que también se cansa, que también tiene problemas y que, pese a ello, procura atendernos lo mejor que sabe.
Yo, esta semana, no tengo ganas de señalar culpables ni de repartir reproches. Tengo a mi madre en el hospital y la tranquilidad de saber que está en buenas manos. Y eso, creedme, vale muchísimo.
A quienes trabajan en Montecelo, mi más sincero agradecimiento. Y a los demás, una petición muy sencilla: reclamemos cuanto haya que reclamar, exijamos cuanto haya que exigir, pero a los de blanco, por favor, que nadie los toque.
Buena semana.