PENSANDO EN ALTO: IPC, deuda, inflación, PIB...me pierdo!
Carriola. 19.09.26.
julio@carriola.es.
¿QUIÉN SE APRIETA EL CINTURÓN?

José Iglesias
Hace un par de días escucho que el BCE, ese banco que de alguna manera rige buena parte de nuestra economía europea, vuelve a subir los tipos de interés.
La razón: hay inflación.
La explicación, simplificando mucho la economía para quienes somos simplemente usuarios de ella, parece lógica. Si existe demasiada demanda y los precios suben, encarecemos el dinero. Pedir prestado cuesta más, consumir a crédito cuesta más, las empresas se lo piensan antes de invertir y las familias antes de comprar.
En definitiva, alguien desde el Banco Central Europeo me está diciendo:
José, afloja. Consume menos. Apriétate un poco el cinturón.
Vale.
Hasta ahí lo entiendo.
Después escucho a un supuesto experto discutir que eso de que la cesta de la compra haya subido alrededor de un 17 % no es cierto, porque la inflación ronda el cuatro.
Y ahí empiezo a perderme.
Porque el IPC es una media ponderada de multitud de productos y servicios. Necesaria, por supuesto. Alguna manera tendremos que tener de medir cómo evolucionan los precios de un país. Pero una cosa es la cesta estadística y otra bastante diferente mi cesta.
Si determinados productos o servicios que apenas utilizo bajan o suben poco y aquello que compro todas las semanas sube mucho más, la media podrá decir misa —con todos mis respetos a la estadística—, pero cuando llego a la caja pago lo que pone en el tique.
En mi casa, desde luego, no comemos IPC.
Comemos pescado, carne, patatas, fruta, verduras, huevos...
Y tampoco llenamos el depósito del coche con medias ponderadas.
Pero aceptemos la explicación. Hay inflación y, por tanto, debemos moderarnos.
Entonces levanto tímidamente la mano desde el fondo de la clase:
¿Y quién les pide moderación a las Administraciones?
Porque en aproximadamente cinco años la deuda pública española ha aumentado en más de 300.000 millones de euros. Es cierto, y conviene decirlo, que su peso respecto al PIB ha disminuido Se podría decir que producimos más luego, valemos más. Correcto. Pero también es cierto que debemos cientos de miles de millones más. Si ese aumento de deuda busca solucionar grandes problemas estructurales (sanidad, trasportes, infraestructuras) está bien, ya que esto será ahorro futuro, pero veis alguna mejora en estas parcelas? Veis mejor sanidad, mejores carreteras, mejores trenes, mejoras en educación,?Yo no.
Y la deuda tiene una característica maravillosa: permite disfrutar hoy de cosas que pagará alguien mañana.
Probablemente mi nieto.
Me temo que al chaval le tocará pagar una parte del convite que las generaciones anteriores nos estamos dando.
Y mientras a mí me encarecen el crédito para que consuma menos, descubro algunas cosas curiosas de lo público. Estos son algunos ejemplos, pero hay decenas:
El Estado español destina hasta 800.000 euros a subvenciones para fundaciones y asociaciones vinculadas a partidos políticos con representación parlamentaria para actividades de cooperación internacional…
Otro ejemplo
¿Es prioritario que un Estado que sigue endeudándose financie con 1,5 millones proyectos de transferencia de conocimiento sobre memoria histórica y democrática en América Latina y el Caribe a razón de 200.000 € el proyecto?
¿De verdad?
La Xunta dispone de dos millones de euros para subvencionar intereses y comisiones de préstamos que solicitan bodegas para comprar uva.
Y aquí reconozco que debe de faltarme alguna asignatura de Economía.
Una bodega compra uva, produce vino y después vende ese vino obteniendo, si las cosas funcionan como deberían funcionar, un beneficio.
Si necesita financiación para comprar su materia prima, pide un préstamo.
Perfecto.
Pero ¿por qué tengo que pagar yo una parte de los intereses y los gastos de tramitación de dichos préstamos?
A mí nunca me subvencionaron un préstamo. Y supongo que al panadero que necesita financiación para comprar harina, al taller que compra recambios o al pequeño comerciante que necesita llenar sus estanterías tampoco le vendría mal que alguien le pagase los intereses.
Quizá haya una magnífica explicación.
Me gustaría conocerla.
Seguimos.
La Diputación tiene un programa llamado +Benestar, con más de dos mil plazas para estancias en hoteles con spa, talaso o instalaciones similares.
Y antes de que alguien me interprete mal: me parece estupendo que nuestros mayores viajen, disfruten y tengan programas de envejecimiento activo. Ojalá puedan hacerlo muchos años.
Mi pregunta vuelve a ser la misma:
¿Todo debe estar subvencionado?
¿También quien puede pagárselo perfectamente?
Porque quizá el problema no sea una subvención concreta. Ni siquiera diez.
Quizá el problema sea que hemos construido poco a poco una cultura de la subvención.
Hay subvenciones para asociaciones, empresas, viajes, actividades, proyectos, contratación, reformas, digitalización, formación, cultura, deporte... Y Administraciones dedicadas, a su vez, a buscar subvenciones de otras Administraciones.
También ocurre aquí, naturalmente.
Y vuelvo a hacerme una pregunta incómoda.
Cuando conseguimos financiación para una actuación municipal, ¿teníamos primero el proyecto porque existía una necesidad y después buscamos cómo financiarlo?
¿O algunas veces aparece primero una convocatoria de ayudas y entonces empezamos a pensar qué podemos hacer para aprovecharla?
Porque no es exactamente lo mismo.
Tenemos incluso comunidades autónomas manteniendo delegaciones y oficinas de representación en distintos países mientras España dispone ya de una red diplomática exterior.
Puede haber razones para ello? No lo sé
Pero vuelvo al principio.
El BCE me dice que hay inflación.
Que debo contenerme.
Que el dinero tiene que ser más caro para que familias y empresas reduzcamos nuestra demanda.
Mi hipoteca sube. El préstamo cuesta más. El supermercado cuesta más. El combustible cuesta más.
Y yo tengo que administrarme.
Perfecto.
Solo pido una cosa.
Que quienes administran mi dinero hagan alguna vez el mismo ejercicio.
Que antes de gastar se pregunten si aquello es necesario.
Que antes de solicitar una subvención se pregunten si harían exactamente lo mismo si tuviesen que pagarlo íntegramente con su propio presupuesto.
Y que alguna vez sean capaces de decir:
«Esto estaría bien, pero ahora no podemos permitírnoslo».
Las familias lo hacemos continuamente.
Las empresas también.
Quizá no fuese malo que quienes administran nuestros impuestos recuperasen de vez en cuando esa vieja costumbre.
La semana pasada terminé estas líneas sentado tranquilamente en Penizas, con Nana y Mili, contemplando cómo pasaba el tiempo sin necesidad de arreglar absolutamente nada.
Demasiado duró.
Ya me extrañaba a mí tanta paz interior.
Esta semana volvió a asaltarme una duda.
Si para combatir la inflación todos tenemos que apretarnos el cinturón, ¿quién le está tomando la medida de la cintura a las Administraciones?
Buena semana.