Carriola. o3.10.26.
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A LOS QUE AHORA TENÉIS 20 AÑOS

José Iglesias
Como es habitual, mis reflexiones no suelen tocar temas banales. Tengo la costumbre de pensar en alto sobre asuntos delicados, quizá porque son precisamente esos los que más necesitan que alguien se haga preguntas. Esta semana me gustaría una reflexión con vosotros, los jóvenes que estos días veo acampados, manifestándoos, reclamando vivienda, futuro y oportunidades. Y quiero hacerlo sin paternalismos y, sobre todo, sin esa insoportable costumbre que tenemos algunos cuando cumplimos años de comenzar cualquier conversación con un «en mis tiempos». Vuestros tiempos son estos y vuestros problemas son reales. Encontrar una vivienda es difícil, independizarse se ha convertido para muchos en una carrera de obstáculos y mirar hacia adelante, cuando apenas se ha comenzado a caminar, puede producir vértigo. Os entiendo bastante mejor de lo que quizá penséis.
Porque yo también tuve veinte años y también hubo un momento en que miré hacia delante y vi un muro. Eran los años ochenta. España estaba atravesando transformaciones enormes: reconversiones industriales, empresas que cerraban, paro, sectores enteros que desaparecían o tenían que reinventarse, cambios sociales, económicos y políticos y, en muchos sentidos, la necesidad de modernizar casi un país entero. Aquello tampoco parecía tener una salida demasiado clara para quien estaba empezando su vida. Yo tampoco sabía dónde iba a estar diez años después. Tampoco sabía si habría un sitio para mí. Y también tuve esa sensación que seguramente muchos tenéis ahora: ¿y cómo demonios se supone que voy a construir una vida delante de semejante muro?
Pues hubo vida detrás del muro. Mucha. España cambió, nosotros cambiamos y aquella generación encontró su sitio. No todos de la misma manera, no todos con el mismo éxito y, desde luego, no todos sin dejarse jirones por el camino. Pero el futuro que algunos no alcanzábamos a ver terminó llegando. Y el vuestro llegará también. De eso estoy convencido. No porque vaya a aparecer mañana alguien con una solución mágica, sino precisamente porque vosotros acabaréis encontrándola, como cada generación antes que vosotros tuvo que encontrar la suya.
Y aquí viene la parte que quizá os guste menos de esta carta. Permitidme al menos que os la diga alguien que también fue joven, también tuvo incertidumbre y ya ha recorrido una parte bastante larga del camino: nadie va a venir a buscaros para colocaros exactamente en el lugar que creéis merecer en la sociedad. Ojalá fuese así. Ojalá existiera una Administración, un Gobierno o una maravillosa institución pública que al cumplir los veinte años nos entregase las llaves de una vivienda, un trabajo digno, un buen sueldo y un papelito indicando dónde está nuestro lugar en el mundo. No existe. Y cualquiera que os asegure que puede proporcionároslo simplemente porque es vuestro derecho, sin explicaros de dónde sale, quién lo produce y quién lo paga, os está contando solamente una parte de la historia. Y quien os prometa que basta con votar determinada opción para que desaparezcan de repente las dificultades, miente como un bellaco.
Eso no significa que debáis conformaros. Ni mucho menos. Protestad. Exigid. Reclamad vivienda, oportunidades y salarios que permitan vivir. Preguntad a quienes llevan años gobernando por qué hacen falta diez o quince años para desarrollar suelo donde podría construirse, por qué no existe suficiente vivienda allí donde la gente quiere y necesita vivir o por qué llevan décadas descubriendo el problema cada vez que una cámara de televisión enfoca un desahucio. Pedidles cuentas. Para eso están y para eso les pagamos. Pero no confundáis exigir a vuestros gobernantes que hagan bien su trabajo con esperar que sean ellos quienes construyan vuestra vida. Son cosas completamente distintas.
Porque, al final, vuestro lugar tendréis que buscarlo vosotros. Y probablemente no estará donde imaginabais. Tendréis que trabajar, formaros, competir, cambiar de empleo, quizá marcharos durante un tiempo, quizá volver, arriesgaros, ahorrar cuando podáis, renunciar algunas veces a algo que queréis hoy para conseguir algo que queréis más mañana, equivocaros y volver a empezar. Habrá quien tenga una familia que pueda ayudarle y quien empiece prácticamente con las manos vacías, y sería absurdo negar que eso importa. La salida no está a la misma distancia para todos. Precisamente por eso necesitamos una sociedad que dé oportunidades, educación, sanidad, becas y ayuda a quien realmente la necesite. Igualdad de oportunidades no significa que alguien vaya a recorrer el camino por nosotros. Significa intentar que todos tengamos la posibilidad de recorrerlo.
A los veinte años cuesta aceptar esto. Lo sé porque tuve veinte años. A esa edad resulta extraordinariamente seductora la idea de lo común, lo público, lo de todos. Hay viviendas vacías y gente que necesita vivienda: pues repartámoslas. Hay quien tiene mucho y quien tiene poco: repartamos. Necesitamos algo: que lo proporcione el Estado. Todo parece tener una solución inmediata si existe suficiente voluntad política. Y algunas cosas, efectivamente, pueden y deben solucionarse colectivamente. El problema es que hacen falta unos cuantos años de nóminas, hipotecas, impuestos, hijos, facturas y responsabilidades para descubrir la segunda mitad de aquella hermosa expresión: «lo de todos» también sale del esfuerzo de todos. El dinero público no nace en un despacho ministerial. Antes de ser público fue producido por alguien.
No os digo que dejéis de creer en lo común. Sería absurdo. Yo sigo creyendo en ello. Creo en una sanidad pública, en la educación, en ayudar al que cae, en proteger al vulnerable y en que una sociedad civilizada debe procurar que el punto de partida de una persona no determine inexorablemente dónde terminará. Lo que los años me han enseñado es a desconfiar de quien presenta lo público como si fuera gratuito, ilimitado y ajeno al esfuerzo individual. Y especialmente de quien se acerca a un grupo de jóvenes enfadados para asegurarles que conoce una solución sencilla para un problema complicado.
Por eso, de todas las personas que he visto estos días alrededor de esas acampadas, los que menos me preocupáis sois vosotros. Vosotros tenéis derecho a ser impacientes. Tenéis derecho incluso a ser un poco utópicos. Forma parte de tener veinte años. Los que me preocupan son algunos de los que se acercan a vosotros teniendo cuarenta, cincuenta o sesenta, se ponen detrás de la pancarta y os dicen que sí, que todo es muy sencillo, que basta con repartir, prohibir, intervenir, expropiar o aprobar el decreto correspondiente. Ellos ya deberían saber que no es verdad. Porque llevan suficiente tiempo en este mundo para conocer la diferencia entre una consigna y una solución.
No permitáis que nadie utilice vuestra legítima frustración como combustible para su carrera política. Preguntadle siempre al que os prometa algo cómo piensa hacerlo. Cuánto cuesta. Quién lo paga. Cuánto tardará. Qué consecuencias tendrá. Y, sobre todo, preguntadle por qué, si la solución era tan evidente, no la aplicó cuando tuvo ocasión de hacerlo. Quizá descubráis entonces que el mundo tiene menos buenos y malos de los que aparecen en las pancartas y muchos más problemas que necesitan trabajo, paciencia y sentido común.
Y después haced algo todavía más importante: buscad vuestro sitio. No esperéis a que alguien venga a tirar de vosotros. Si aparece una mano cuando realmente la necesitáis, agarradla sin vergüenza, porque para eso vivimos en sociedad. Pero utilizadla para levantaros, no para acostumbraros a permanecer agarrados a ella. Vuestra vida será vuestra responsabilidad durante muchísimo más tiempo del que ahora podéis imaginar y, aunque pueda parecer una faena, os aseguro que también hay algo extraordinariamente liberador en descubrir que una parte enorme de vuestro futuro depende de vosotros.
Hace cuarenta años yo también miré hacia delante y vi un muro. No veía demasiado bien qué había detrás. Pero había algo. Había trabajo, familia, equivocaciones, sacrificios, alegrías, dificultades y una vida que entonces era incapaz de imaginar. El muro no desapareció porque alguien viniera a derribármelo. Fui encontrando la manera de pasar al otro lado.
Vosotros también la encontraréis.
No dejéis de exigir una sociedad mejor. Pero no esperéis sentados a que esa sociedad venga a buscaros.
Id vosotros a buscar vuestro lugar en ella.
Y cuando alguien os asegure que no hace falta, que basta con que otro os proporcione aquello que necesitáis, escuchadlo, pensadlo y haced algo que a los veinte años cuesta bastante y que con los años se vuelve imprescindible:
desconfiad.
Porque vuestro futuro merece bastante más que una pancarta.