Carriola.Redacción.13.08.23
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Hay algunos marinenses de estos tiempos que desconocen que la Rúa do Sol o Plaza del Reloj se llama así porque tienen un histórico elemento que guió el horario diurno de los marinenses doscientos años atrás. Ahora, restaurado y reluciente, es fácil verlo en el lugar donde le colocaron hace dos siglos precisamente en el mes de agosto, según reza en su propia leyenda.
Por algo se se conoce como “Plaza del Reloj” aunque también tuvo el nombre de “Plaza de la Constitución” y “Plaza del Generalísimo” y que, actualmente, se llama “Rúa (o Praza) do Sol”. Es inevitable relacionar tan céntrica calle marinense, que otrora fue seguramente el corazón mismo, social y comercial, de la villa con el reloj que nos da las campanadas cuando quiere, porque no es siempre, y se pasa largas etapas de “descanso” por los más diversos motivos.
Pero no siempre fue esta la razón. El reloj del campanario tiene una larga historia y en los próximos días echaremos mano del libro de Cendán Vilela que dedica un capítulo interesante al proceso de los relojes públicos de esta plaza colocados por el Ayuntamiento. Ocurre, en cambio, que antes de que en 1850 se decidiera el ayuntamiento a construir la torre para el primer reloj mecánico, torre que fue prolongada años después porque resultaba muy baja, los marinenses se regían por la hora del sol, desde 1823, mediante esta hermosa pieza pétrea que aparece en la fotografía estratégicamente colocada para crear la sombra que “daba la hora” silenciosamente, pieza de la que algunos marinenses aún desconocen su existencia.
Los años pasan por encima de los metales y producen en ellos el deterioro lógico del óxido que tras muchas décadas acaba comiéndose, como en este caso, los hierros, unas piezas colocadas en el centro y lateral, que proyectaba la sombra sobre la hora del sol, que en la actualidad está variada porque nos guiamos por dos horas más tarde de la “natural”. Pero ese deterioro fue solucionado no hace muchos meses aprovechando la restauración del Antiguo Templo y por eso, quien no se fíe del de la torre, puede ver la hora, pero la hora del sol, la de verdad, no la inventada por el hombre, en este tesoro de piedra. Otra cosa es que le llegue la vista en directo al reloj de piedra como les llegaba a los marinenses de hace doscientos años...¡y no había oculistas como los de hoy!