Carriola.Redacción 08.07.25
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Hace un año en estos días , nos enterábamos del fallecimiento de “José”, José González Ferradás que, tras un proceso delicado de salud en sus últimos tiempos, no pudo superar una arriesgada intervención quirúrgica en la capital de España donde residía desde su juventud.
Y esta tarde, un año después de su fallecimiento, le recordaremos en la Misa de Aniversario que tendrá lugar a las siete en el Nuevo Templo parroquial que frecuentaba haciendo escapada a Marín acompañado de Conchita, su esposa, sobre todo en los días de gran tradición religiosa como La Patrona, San Miguel o la Virgen del Carmen.
EL MUNDO ES UN PAÑUELO
“José” era peluquero de profesión y no me resisto a contar que, cuando yo era un niño, y él todavía “un chaval”, trabajaba en la peluquería Beloso, emblemático establecimiento que hacía esquina entre la Plaza del Reloj y la Calle Real, y allí me enviaba mi madre cada mes para que me dejase bien “rapado” y con perrera, al estilo de aquellos tiempos. Y José, ya entonces, era un verdadero maestro del oficio en el que había que dominar la tijera, la navaja de afeitar que afilaba sobre una pieza de cuero cada vez, y la maquinilla, prodigio mecánico que hacía milagros que sonaba con un rítmico "triqui-triqui" hasta terminar su tarea.
Un día, allá por los años cincuenta, José desapareció de la Peluquería Beloso y mi cabeza pasó a otras manos cada vez, pero nunca fue igual la cosa. Supimos que José se había casado con Conchita, una joven de conocida familia de la Banda do Río, y ambos fueron a recalar a Madrid donde él dejó de ser un peluquero empleado para convertirse en un empresario del oficio instalado en la capital del Estado con gran aceptación de su numerosa clientela.
Y pasaron los años, muchos. Y a mí se me destinó, tras la jura de Bandera en Ferrol, al Ministerio de Marina, donde cumplí mi Servicio Militar, y aprendí también a andar por el mundo, cuando corrían los últimos años de la década de los 60. Y me llegó la licencia en marzo del 69 pero tuve la enorme suerte de conseguir un empleo opositando en el mismo Ministerio, oficinas centrales de Suministros Diversos, y allí seguí un tiempo mientras me fue creciendo el pelo con rabia, como si quisiera desquitarse de las indolentes “peladuras” que nos daban en la peluquería del cuartel. Y a los dos meses, mi aspecto era “otra cosa” hasta que empecé a notar que en la oficina ya me miraban un poco “regular” por lo que decidí que era el momento de normalizar la situación.
Y salí a la calle sin mucho rumbo hasta que encontré una peluquería y en ella me metí sin más ansia que algún profesional hiciera lo que pudiera con la alborotada “melena”. Y surgió el milagro cuando, después de un buen rato en el sillón giratorio, intercambiando miradas de cierta curiosidad, a través del espejo, con el peluquero que se afanaba en su nada fácil tarea, me di cuenta de que me resultaba conocido y me atreví a iniciar una conversación. “...Pues yo soy de Marín”, le dije en un momento dado de la misma, y vi como se encendían las chispas en sus ojos... Era José que escudriñó en mi figura, que ya se iba liberando de la leonada melena, y descubrió enseguida a aquel niño al que “pelaba” sin compasión, por maternal orden cada mes muchos años atrás. Sentí aquel abrazo que interrumpió la “esquilada” como el que podría darte el mejor de los hermanos en familia propia.
Entonces comprobé que, en efecto, el mundo es un pañuelo.