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CARRIOLA de “Breves historias de nuestra Historia”

Carriola. 08.11.25.

julio@carriola.es.

Hola de nuevo.
Esta semana toca, por cronología, hablar de un tema que, aunque lejano, sigue en boca de unos y otros. Por más que se habla, se discute, nadie está dispuesto a cerrarlo ni a mirar hacia el frente y seguir. 

Reflexiones sobre polarización y guerras...sobre cómo somos los españoles

 

José Iglesias

Tratar de enterrarlo, sin olvidarlo, y aprender de nuestros errores es, a mi modo de ver, lo que deberíamos hacer. Liderados por la clase política, tendríamos que ser capaces de llegar a un consenso que repare lo que aún queda roto y una lo que está separado.

¿Están en ello? La respuesta es un rotundo “no”.
Estamos polarizados. No hay diálogo entre iguales. Los extremos se llenan mientras se vacía el centro, que, lógicamente, es donde más posibilidades de acuerdo hay.

Evidentemente, no es la misma situación —entre otras cosas porque hoy estamos en un club llamado Unión Europea—, pero ¿sabéis cuándo estábamos así?, En los tiempos previos a la Guerra Civil.

Se le atribuye al canciller alemán Otto von Bismarck la siguiente frase:

“España es el país más fuerte del mundo: llevan siglos intentando destruirse a sí mismos y todavía no lo han conseguido.”

Hay otra parecida, atribuida a Salvador de Madariaga, diplomático y uno de los grandes intelectuales republicanos del siglo XX:

“Los españoles, por más que lo intenten, son incapaces de destruirse del todo.”

En fin, como vemos, nuestra historia está plagada de guerras, reconstrucciones y momentos de esplendor. Pero la Guerra Civil, quizá por ser la más cercana, nos resulta especialmente dolorosa y cruel. Todos tenemos abuelos o bisabuelos que, de una u otra manera, estuvieron involucrados en uno u otro bando.

Mi relato de esta semana no va de datos ni de nombres.
Va de sentimiento.

EL PAÍS QUE SE PARTIÓ EN DOS

A veces, cuando me siento en mi querido monte Penizas y el mar está como un espejo, me parece oír aún los ecos de aquel tiempo en que España se volvió contra sí misma. No fue de un día para otro. Ninguna guerra lo es.
Las guerras son como las mareas: una corriente que apenas se nota, y cuando uno quiere darse cuenta, ya se lo ha llevado todo.

Decían los viejos que el país andaba enfermo desde hacía siglos. Que la tierra, mal repartida, era madre para unos pocos y madrastra para los demás.
En los pazos y en los ministerios, los mismos apellidos de siempre contaban el dinero y escribían las leyes —sus leyes—.
En la aldea, la gente seguía doblando el lomo por un pan cada vez más pequeño.
Y en las fábricas, los obreros descubrían que la libertad que prometían los periódicos se pagaba con su propio sudor.

Luego vino la República, y con ella un aire nuevo. En los cafés se hablaba de derechos, de escuelas, de igualdad.
Los curas se inquietaron; los militares también; los terratenientes apretaban los dientes.
Pero también hubo esperanza: por fin parecía que el país se atrevía a mirarse al espejo sin miedo a lo que vería.

Sin embargo, la libertad llegó demasiado rápido para algunos y demasiado tarde para otros.
Los que mandaban temieron perder su poder; los que obedecían se cansaron de esperar.
Y entre ambos extremos se abrió una grieta.

Primero fueron las palabras.
Luego los insultos.
Después los disparos.

A cada familia le llegó el temporal de una manera.
En unas casas se rezaba más alto; en otras se escondían libros.
En las tabernas de Marín, donde antes se hablaba del tiempo o de las sardinas, empezaron a oírse nombres de políticos y discusiones cada vez más agrias.

Había quien decía que el orden debía volver, y quien respondía que el orden de los ricos no era justicia.
Y mientras tanto, los barcos seguían entrando y saliendo del puerto, como si no quisieran enterarse de que el país se preparaba para sangrar.

Cuando mataron a Calvo Sotelo, el aire se volvió plomo.
Algunos callaron; otros afilaron la lengua y el resentimiento.

El 18 de julio del 36, los periódicos trajeron la noticia del levantamiento.
En Galicia, los cuarteles se alzaron casi sin resistencia.
Y los que habían creído en la República quedaron dispuestos enfrente.

Después vino el miedo.
Las casas se cerraron.
Los vecinos dejaron de saludarse.
Las campanas tocaron, no por misa, sino por memoria.

Hubo quien se marchó al monte y quien acabó en una cuneta.
Los que sobrevivieron aprendieron a hablar bajo, a mirar al suelo y a olvidar deprisa.

Dicen que fue una guerra por las ideas, pero los que la vivieron saben que fue una guerra entre hermanos.
Los unos temían perderlo todo; los otros, no tener nunca nada.
Y en medio, la mayoría: los que solo querían vivir en paz, trabajar, criar hijos, ver el mar cada mañana.

Pero el país parecía cansado de paz.

Cuando pienso en ello, me parece que España no estalló por odio, sino por falta de perdón.
Nadie quiso escuchar al otro.
Nadie supo entender que el enemigo también tenía miedo.

El día que comenzó la guerra, amaneció como cualquier otro.
Los barcos de Marín zarpaban como siempre; los niños jugaban en la playa; las mujeres lavaban en el río.
Pero al caer la tarde, el viento cambió, y en su rumor se mezclaba un silencio extraño, como si el mundo se hubiese detenido a esperar el primer disparo.

Y así fue como el país se partió en dos.
Como una red vieja que se rompe justo por donde más se tira.
Una mitad se llamó patria y la otra justicia, y ambas olvidaron que sin la una no vive la otra.

Desde entonces, cada generación ha tenido que remendar un pedazo de esa red.
Algunos lo hacen con palabras, otros con silencio, otros con perdón.
Nadie ha olvidado el nudo de aquella ruptura.

Porque en una guerra no se gana: se sobrevive.
Porque de una guerra se aprende.
Porque una guerra no es triunfo: es fracaso.

A todos los que perdieron su vida, de una forma u otra, por culpa de esa maldita guerra.

La semana que viene intentaremos narrar  desde  la posguerra   Como siempre si queréis, claro

roslev