Carriola. 03.01.26.
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EL SABOR, ESE GRAN DESCONOCIDO

José Iglesias
Resulta que hace poco, al cocinar —siempre que puedo con productos de mi huerto o con animales criados por mí—, me di cuenta de que necesitaba unos puerros. Los que tengo plantados aún son pequeños, así que no quedaba otra que bajar a comprarlos.
Me dirigí a un supermercado. Y allí estaban: dos hermosos puerros, blancos, perfectos, rectos como soldados, cuidadosamente envasados en plástico y con gas inerte para evitar la oxidación. Impecables. De anuncio.
Me fui raudo y veloz a mi cocina. Los saqué de su envoltorio y…
¡oh sorpresa!
Me había comprado una foto en 3D de dos puerros.
De puerros tenían el aspecto, sí. Pero no olían absolutamente a nada. Al cocinarlos, tampoco. Y al probarlos… nada. Ni sabor, ni textura, ni alma. Eran correctos, educados, pero mudos. Puerros sin historia.
Y lo mismo me pasa con el tomate.
Ese tomate que, cuando yo era crío, sabía a tomate sin necesidad de apellidos como raft, negro, Cherry, kumato….era, simplemente un tomate.
Recuerdo entrar en la huerta y escogerlo allí mismo, todavía tibio del sol. No hacía falta aliñarlo ni disfrazarlo de nada. Bastaba partirlo por la mitad, un pellizco de sal gorda y, con suerte, un chorro de aceite. Mordías y aquello explotaba: acidez justa, dulzor breve, carne firme y jugosa. Un tomate que te manchaba las manos y la camisa, y que olía antes de verse.
Hoy el tomate del supermercado es otra cosa.
Es rojo, perfecto, idéntico a su vecino. Dura semanas sin arrugarse y viaja miles de kilómetros sin inmutarse. Pero cuando lo cortas… silencio. Ni olor, ni sabor, ni recuerdo.
Nos han convencido de que eso es progreso.
De que un tomate debe aguantar, no saber. De que es mejor que sea fotogénico antes que honesto. Y así hemos cambiado el gusto por la estética, la tierra por el plástico y el tiempo por la prisa
Una cosa es segura y es que un tomate que no sabe a tomate es un engaño aceptado con demasiada facilidad.
Y quizá ahí esté el problema.
No en el tomate, sino en que hemos aprendido a conformarnos con cosas que parecen lo que deberían ser, pero no lo son.
Y aquello me llevó a esta reflexión:

Yo, como buen marinense do rural, practico una agricultura y una ganadería tradicional: lenta, a veces dura y poco generosa en épocas de malas cosechas. Hortalizas que no van al concurso de Miss Cebola o Míster Tomate; es más, seguramente feas de aspecto, pero inmensas de aroma, cual perfume francés de la mejor calidad.
No sé —ni me atrevo a afirmarlo— si mi alimentación me llevará a vivir más años que un urbanita esclavo del supermercado, de sus pasillos infinitos y de sus productos “guapos”, brillantes, bien presentados e incluso ya cocinados.
Pero hay algo que sí tengo claro.
El disfrute del sabor, de la textura, de la frescura real, del olor a tierra y a tiempo… eso no lo tiene, dicho sea con todo el respeto, quien se ve obligado a alimentarse exclusivamente de lo que ofrece la city.
No es una cuestión de superioridad ni de romanticismo rural. Es una cuestión de verdad. La verdad de saber de dónde viene lo que comes, cuánto tardó en crecer, quién lo cuidó y qué clima tuvo que soportar.
Quizá no vivamos más.
Pero comemos diferente.
Y, sobre todo, comemos con conciencia de haber sembrado o criado con mimo, sin prisa, como antaño.
Y eso, hoy en día, también alimenta.
Saludos culinarios.