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PENSANDO EN ALTO: Lo que está pasando en el Mundo

Carriola. 21.03.26.

julio@carriola.es.

Minuto y resultado: el negocio del miedo y el nuevo reparto del mundo

José Iglesias

Hay algo que no termina de encajar en todo esto que estamos viviendo. Nos dicen que los precios suben por la guerra, que es inevitable, que el mercado reacciona y que la incertidumbre manda. Y uno, que no es economista pero tampoco ingenuo, se hace una pregunta bastante sencilla: si el combustible que estamos consumiendo hoy se compró antes de que estallara el conflicto, ¿por qué sube al día siguiente? La respuesta oficial es conocida: hay que prever lo que costará reponerlo. Bien, aceptamos pulpo como animal de compañía. Pero entonces surge la segunda pregunta, la que ya no encuentra explicación tan fácilmente: cuando el conflicto se enfría, ¿por qué tardan meses en bajar los precios?  Ay amigos!, ahí el mercado deja de ser ágil y se vuelve sorprendentemente paciente. Demasiado paciente.

Es en ese punto donde se confirma  que entre el productor y el consumidor hay algo más que simple oferta y demanda. Hay intermediarios, hay apuestas a futuro, hay especulación. Hay, en definitiva, actores que no producen, no transportan ni consumen, pero que siempre ganan. Y mientras tanto, el sector primario sigue asfixiado y el consumidor final paga la factura. Los de siempre, en medio.

Pero lo que resulta verdaderamente inquietante no es solo el precio de las cosas, sino la sensación creciente de abandono. Porque uno mira hacia quienes deberían tomar decisiones y encuentra un panorama conocido: gobiernos que no consiguen acuerdos, oposiciones que prefieren esperar a que el desgaste haga su trabajo, reuniones que no se celebran o que se celebran sin consecuencias reales. Antes incluso de sentarse a negociar, ya hay quien decide no participar, mientras los demás observan, critican y calculan, pero evitan asumir riesgos. Todo parece supeditado a estrategias, equilibrios internos o intereses futuros. El país, si eso, ya vendrá después.

En paralelo, asistimos a otro fenómeno igualmente preocupante: la transformación de la información en espectáculo. La guerra se retransmite en directo, minuto y resultado, como si fuera un partido de fútbol. Explosiones, avances, declaraciones… todo inmediato, constante, casi consumible. Y mientras tanto, los mercados reaccionan, los precios suben y el miedo se convierte en un factor económico más. Porque el miedo también cotiza, y cotiza bien.

Desde el rural, uno aún conserva cierta sensación de margen, no sé si real o no,  de recursos mínimos que permiten amortiguar los golpes. Decía mi abuela Carmen, alguna vez la he citado Sempre hay ovos no galiñeiro”. Pero basta pensar en quien vive en una gran ciudad, en quien depende exclusivamente del supermercado, en quien no tiene alternativa ni capacidad de maniobra, de quien se levanta por la mañana y ve que este mes el sueldo no llega, para entender la verdadera dimensión del problema. La pregunta es inevitable: ¿de verdad alguien está pensando en ellos? ¿O estamos ya instalados en una política basada en el titular rápido, el gesto superficial y la justificación inmediata?

A medida que uno reflexiona sobre todo esto, empieza a intuir que el problema es más profundo de lo que parece. Y que quizá no se limita a decisiones concretas o a situaciones puntuales. Porque lo que estamos viendo no es solo una crisis coyuntural, sino el reflejo de un cambio mucho mayor.

Durante siglos, el poder se medía en territorio. Quien controlaba más tierra controlaba más recursos y más capacidad de decisión. Hoy, sin embargo, el poder se ha transformado. Sigue importando el territorio, pero ya no es lo determinante. Ahora el poder se mide en energía, en tecnología, en datos, en financiación y, sobre todo, en capacidad de influencia. Las guerras actuales no empiezan cuando caen las primeras bombas, sino mucho antes, en los mercados, en los contratos, en las dependencias que se crean de forma silenciosa. Cuando estalla el conflicto, muchas piezas ya están colocadas, y no todas las han colocado los gobiernos.

Existen actores financieros y corporativos con una capacidad de influencia que supera en ocasiones a la de muchos estados. Fondos de inversión, grandes empresas energéticas, estructuras económicas capaces de condicionar precios, decisiones y políticas sin necesidad de presentarse a ninguna elección. En ese contexto, los gobiernos muchas veces reaccionan más de lo que realmente deciden, condicionados por mercados que se mueven, inversiones que se reubican y presiones que rara vez se hacen visibles.

Esto no implica que todo responda a una conspiración, sino algo más simple y, al mismo tiempo, más incómodo: el poder se ha fragmentado, y quien mejor entiende ese nuevo tablero juega con ventaja. Por eso vemos conflictos que se alargan, decisiones que parecen contradictorias y medidas que llegan tarde o no llegan. Porque una parte importante del juego se desarrolla fuera del foco público, en ámbitos donde no hay cámaras ni declaraciones oficiales.

Mientras tanto, los ciudadanos seguimos interpretando la realidad con esquemas antiguos, buscando responsables visibles en gobiernos concretos o líderes concretos, cuando el problema es más complejo. Y así se instala una sensación difícil de explicar pero fácil de percibir: la de que el sistema funciona, pero no para todos; que las reglas existen, pero no son iguales; que las decisiones se toman, pero no donde creemos.

Decía un amigo hace años que, en ciertas situaciones, más valía que Dios repartiera suerte, porque si repartía justicia, íbamos de culo. Quizá no le faltaba razón. Pero lo preocupante es que estemos empezando a asumir que la suerte es lo único que nos queda.

Porque cuando el tablero cambia y los jugadores siguen jugando como antes, lo normal es que pierdan. Y en este nuevo reparto del mundo, cada vez parece más claro que no son solo los países los que mueven las piezas, sino los intereses que hay detrás de ellos.

Y la pregunta, entonces, deja de ser quién va a ganar el próximo conflicto.

La verdadera pregunta es otra:

¿quién está escribiendo las reglas del juego?

Y, sobre todo,
¿quién las está aceptando sin darse cuenta?

Pues nosotros.

roslev