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Los sábados: PENSANDO EN ALTO: Tiempos de hoy... y de ayer

Carriola. 11.04.26.

julio@carriola.es.

A que no hay… versión 2.0

 

José Iglesias

Los retos siempre han existido. no nos engañemos.

Siempre han sido una forma de demostrar valentía, arrojo, en definitiva, algo tan primitivo como intentar ser el líder de la manada. El clásico “a que no hay…” lo hemos escuchado todos alguna vez.

La diferencia no está en el origen.

Está en el escenario.

Antes éramos cinco amigos.

Cinco.

Hoy son cincuenta mil.

Cincuenta mil personas siguiendo lo que haces, dando “likes”, comentando, empujando sin darse cuenta. Y eso genera una sensación peligrosa: la ilusión de que eres el líder de esa masa invisible.

Ilusión.

Porque no lo eres, Ellos están esperando que te la pegues, que pase algo, no verte sin mas, eso es aburrido.

A eso hay que sumarle algo evidente: la falta de desarrollo del intelecto a ciertas edades. Es normal. Siempre ha sido así. Pero lo que ya no es tan normal es ver a gente que debería tener la cabeza algo más amueblada haciendo exactamente lo mismo.

Y entonces entra en juego otro factor clásico:

La falsa sensación de impunidad.

“A mí no me va a pasar”.

¿Y cómo acaba esto?

Pues muchas veces como acaba.

En un hospital.

O en un velatorio.

Porque lo que se está viendo hoy supera cualquier lógica.

Retos que hace años nadie se habría planteado ni de broma: a ver quién toma más paracetamol, a ver quién aguanta más sin respirar, colgarse de la grúa más alta con una mano para hacerse un selfie…

Uno lo ve y no puede evitar pensar:

Esto no va bien. Pero por qué pasa esto constantemente? Cual es el motivo de que esta adolescencia/juventud esté tan desnortada?

Y después de darle vueltas, uno llega a una conclusión incómoda:

La familia se ha roto.

Vivimos en una época de prisas, de inmediatez, de estímulos constantes. Y en ese ruido permanente se nos está olvidando algo fundamental:

Guiar a los que vienen detrás.

¿Cuántas veces vamos con los niños hoy a una biblioteca? Ninguna

 La nuestra tiene un apartado infantil muy bueno. Ah pero claro, hoy los niños no leen cuentos, ven el móvil…

Van de adolescentes, sí, pero a estudiar. Y van porque allí hay algo que escasea fuera: silencio.

¿Y por qué hay silencio?

Porque hay normas.

Normas.

Esa palabra casi olvidada.

Normas que te dicen que no puedes hablar en alto. Normas que te obligan a respetar al de al lado. Normas que ponen límites.

Normas, amigos, esas grandes desconocidas hoy.

¿Quién lee un cómic?

Pocos.

¿Quién regala un libro?

Menos

Por eso, desde aquí, reivindico, pido, casi suplico que no olvidemos lo importante:

Los libros.
Las normas.
Lo analógico.

Y hago una llamada clara.

A los abuelos.

Si nuestros hijos no pueden —por sus obligaciones o por sus “devociones”— llevemos nosotros a los nietos a las bibliotecas, a los lugares donde se aprende sin darse cuenta, a esos espacios que algún día les serán útiles.

Porque alguien tiene que hacerlo.

Y termino con una escena reciente.

El apagón.

Diez horas sin luz.

Parecía que se acababa el mundo.

“No hay cobertura”.
“No tengo batería”.

Angustia general.

Yo me senté mirando a la ría

Abrí un libro.

Y cuando cayó la noche, encendí una vela y seguí leyendo

Mañán será outro día, diría mi abuelo Eugenio

Y ojalá, también, un poco mejor.

roslev