Carriola.28.06.26
(*) Colaboración dominical de la Asociación de Pedagogía de Galicia “APEGA” con Carriola de Marín coordinada por su vicepresidente José Carlos Otero López
EL VERANO TAMBIÉN EDUCA
Dolores Armas
Lic. en Piscopedagogía
Cuando termina el curso, muchas familias sienten una mezcla de alivio y preocupación. Por una parte llegan las vacaciones, desaparecen los deberes, los madrugones y la carrera diaria para llegar a tiempo a todo. Por otra, surge una pregunta que se repite cada año. ¿Qué hacemos ahora con tantas semanas por delante?
Durante mucho tiempo hemos hablado del verano casi exclusivamente en términos académicos. Nos preocupa que los niños olviden contenidos, que pierdan hábitos de estudio o que pasen demasiado tiempo delante de una pantalla. Sin embargo, conviene recordar que el desarrollo infantil no depende únicamente de los aprendizajes escolares. Hay aspectos fundamentales para crecer que encuentran precisamente en el verano un terreno privilegiado.
El valor de un tiempo diferente
Durante el curso, la vida de los niños transcurre marcada por horarios, actividades y obligaciones. Cada jornada tiene una estructura bastante definida y apenas quedan espacios libres. En cambio, el verano introduce algo que cada vez parece más escaso en la infancia actual, el tiempo.
Tiempo para jugar sin mirar el reloj, para pasar una mañana entera construyendo una cabaña, para leer porque apetece y no porque forme parte de una tarea escolar, o simplemente para observar el mundo con más calma. Son experiencias aparentemente sencillas que, sin embargo, tienen una enorme importancia en el desarrollo.
A menudo el aburrimiento preocupa a los adultos. Cuando un niño dice que no sabe qué hacer, aparece la tentación de ofrecer inmediatamente una solución. Sin embargo, esos momentos suelen ser el punto de partida de procesos muy interesantes. Cuando no todo está organizado desde fuera, el niño necesita buscar recursos propios. Inventa juegos, negocia con otros niños, explora intereses nuevos y descubre formas de entretenerse que nacen de su propia iniciativa.
Además, durante el verano suelen aparecer oportunidades para convivir más tiempo con personas que ocupan un lugar importante en la vida afectiva del niño. Los abuelos, los primos, los vecinos o los amigos de siempre recuperan una presencia que durante el curso resulta más difícil. Y es precisamente en esas relaciones donde se desarrollan muchas habilidades sociales y emocionales que acompañarán al niño durante toda su vida.
Los campamentos y las experiencias fuera de casa
Para muchas familias, los campamentos forman parte habitual del verano. A veces responden a necesidades organizativas y otras veces se eligen por el valor educativo que pueden aportar. En ambos casos suelen ofrecer experiencias difíciles de encontrar en otros contextos.
Compartir habitación con otros niños, convivir con adultos diferentes a los habituales, participar en actividades de grupo o resolver pequeñas dificultades cotidianas favorece el desarrollo de la autonomía. Poco a poco, el niño descubre que puede desenvolverse lejos de casa, tomar decisiones y adaptarse a situaciones nuevas.
También aprende algo especialmente importante. Comprueba que no siempre puede controlar todo lo que ocurre a su alrededor y que, aun así, es capaz de sentirse bien. Esta experiencia resulta especialmente valiosa en una época en la que muchos niños disponen de pocas oportunidades para enfrentarse a pequeñas dificultades por sí mismos.
Sin embargo, no todos los niños viven estas experiencias de la misma manera. Algunos disfrutan enormemente de la novedad y la convivencia intensa. Otros necesitan procesos más graduales. Por eso, más que buscar la actividad más prestigiosa o el campamento de moda, conviene pensar en cuál encaja mejor con las características de cada niño.
Cuando menos puede ser más
En los últimos años también observamos una tendencia creciente a llenar completamente las vacaciones. Campamentos, campus deportivos, cursos de idiomas, actividades tecnológicas y talleres diversos ocupan gran parte de las semanas estivales. Muchas de estas propuestas son enriquecedoras, pero conviene preguntarse si estamos ofreciendo oportunidades o si simplemente estamos reproduciendo el mismo ritmo acelerado que caracteriza al resto del año.
Los niños necesitan experiencias, pero también necesitan descanso. Necesitan actividades organizadas, pero igualmente necesitan momentos que no persigan ningún objetivo concreto. Una tarde en la playa recogiendo conchas, una partida de cartas después de cenar, una conversación tranquila durante un paseo o una mañana sin planes pueden tener un enorme valor educativo y emocional.
Quizás por eso, cuando los adultos recordamos nuestros propios veranos, rara vez hablamos de horarios o programas cuidadosamente diseñados. Lo que permanece suele ser otra cosa. La sensación de libertad, las amistades, las aventuras sencillas y el tiempo compartido con las personas importantes.
El verano no tiene por qué convertirse en una carrera para aprovechar cada minuto. Puede ser, sencillamente, una oportunidad para crecer de otra manera. Y en una infancia donde cada vez quedan menos espacios para la espontaneidad, quizá esa sea una de las experiencias más valiosas que podemos ofrecer a nuestros hijos.