Carriola.23.08.26
(*) Colaboración dominical de la Asociación de Pedagogía de Galicia “APEGA” con Carriola de Marín coordinada por su vicepresidente José Carlos Otero López
VOLVER AL “COLE” TAMBIÉN CANSA
Dolores Armas
Lic. en Psicopedagogía
Septiembre ha llegado y con él vuelve una palabra que repetimos mucho estos días, la rutina. Recuperamos horarios, volvemos a madrugar, organizamos las tardes y tratamos de que la vida familiar encuentre de nuevo un cierto orden después del verano. En pocos días, casi sin darnos cuenta, la casa empieza a funcionar de otra manera. También los niños. Aunque las vacaciones hayan sido diferentes en cada familia, durante el verano la vida suele hacerse algo más flexible. Hay menos prisa, más tiempo sin organizar y menos momentos en los que necesariamente hay que hacer una cosa determinada a una hora determinada. Con la vuelta al colegio todo eso cambia muy deprisa. Un niño vuelve a madrugar, sale de casa a una hora concreta, se separa de sus padres, se encuentra de nuevo con el grupo y pasa varias horas atendiendo, esperando, siguiendo instrucciones, compartiendo espacios y adaptándose a un ritmo que no siempre coincide con el suyo. Estamos bastante acostumbrados a preparar todo lo que rodea la vuelta al colegio. Compramos material, recuperamos horarios y organizamos actividades. Sin embargo, quizá prestamos menos atención al esfuerzo que supone para un niño volver a funcionar dentro de esa estructura.Porque volver al colegio no consiste solamente en recuperar unas rutinas. Supone volver a poner en marcha muchos recursos a la vez. Todo esto es parte de la vida cotidiana y también del aprendizaje. Sin embargo, hacer algo todos los años no significa que cada año deje de costar.
Estar adaptado y estar cansado
Los adultos solemos valorar bastante rápido cómo ha ido la vuelta. Si entra contento, no llora, habla de sus compañeros y desde el colegio nos dicen que todo marcha bien, pensamos que ya está adaptado. Y seguramente sea cierto.Pero estar adaptado y estar cansado son dos cosas perfectamente compatibles.Durante toda la mañana un niño utiliza continuamente recursos que en verano necesitaba con mucha menos frecuencia. Tiene que esperar para hablar, escuchar cuando quizá preferiría hacer otra cosa, cambiar de actividad cuando se lo indican, resolver pequeños desencuentros con otros niños, tolerar que algo no salga como esperaba y regular su comportamiento dentro de un grupo. Son acciones muy cotidianas y aparentemente sencillas, aunque en los primeros años muchas de las capacidades que permiten realizarlas todavía están madurando.Por eso algunos niños que pasan una mañana estupenda en el colegio llegan a casa especialmente irritables. Protestan más, buscan continuamente al adulto o se enfadan por asuntos que parecen insignificantes. Incluso pueden aparecer comportamientos que durante el verano apenas veíamos.La primera explicación suele ser que han perdido los hábitos. A veces pensamos que las vacaciones han sido demasiado permisivas o que ha llegado el momento de recuperar cuanto antes las normas. Puede haber algo de esto, naturalmente. Pero antes de sacar conclusiones quizá merezca la pena hacernos una pregunta mucho más sencilla. ¿Cómo de cansado llega este niño a las cinco de la tarde?
Lo que ocurre cuando llegan a casa
Hay algo especialmente interesante en esos primeros minutos después del colegio. La mayoría de los niños llegan al lugar en el que menos esfuerzo necesitan hacer para estar bien. En casa conocen las reglas, saben qué pueden esperar de los adultos y no necesitan estar pendientes continuamente de lo que ocurre a su alrededor. Pueden relajarse. Y algunas veces relajarse no tiene un aspecto demasiado relajado. Recogemos a un niño que sale hablando con sus amigos, nos cuenta que el día ha ido bien y parece contento. Media hora después llora porque su hermano se ha sentado en su sitio o se enfada porque no encuentra un juguete. Desde fuera resulta difícil entender que una cosa pueda convivir con la otra.Sin embargo, a los adultos nos pasa algo parecido. Podemos pasar un día complicado trabajando, responder correctamente, resolver problemas y mantener la calma y, al llegar a casa, descubrir que tenemos poquísima paciencia porque alguien ha dejado algo en medio. La pequeña contrariedad no explica por sí sola nuestra reacción. Llegamos a ella después de todo lo anterior. En los niños sucede algo parecido, con una diferencia importante. Nosotros disponemos de muchos más recursos para comprender lo que sentimos y regular nuestra respuesta. Esto no significa que durante estas primeras semanas haya que permitir comportamientos que normalmente no permitiríamos. Los límites siguen siendo necesarios también cuando un niño está cansado. Significa algo más sencillo. Antes de interpretar una conducta como desobediencia, capricho o llamada de atención, podemos incorporar el cansancio como una posibilidad. Comprender qué puede estar ocurriendo no elimina el límite, pero sí modifica mucho la manera de ponerlo.
Cuando necesitan un poco más de nosotros
El comienzo del curso trae a veces otra sorpresa. Aparecen conductas que los padres creían superadas. Un niño que llevaba meses entrando solo vuelve a pedir que lo acompañemos hasta la puerta. Otro reclama nuestra presencia para dormirse, necesita estar más cerca o pide ayuda para hacer algo que sabemos que sabe hacer perfectamente. Nos inquieta porque tenemos una idea bastante lineal de la autonomía. Si ayer podía hacerlo solo, pensamos que hoy también debería poder. Cuando vuelve a necesitarnos parece que algo está retrocediendo. Sin embargo, crecer no consiste en ir dejando atrás necesidades una detrás de otra. Los niños pueden haber adquirido una capacidad y recurrir temporalmente al adulto cuando otras partes de su vida les están exigiendo más. Necesitar algo de ayuda en un momento concreto no significa haber perdido lo aprendido. Quizá estas primeras semanas sean un buen momento para no tener demasiada prisa con esto. Para mantener los horarios y los límites que la vida familiar necesita y, al mismo tiempo, observar un poco más. Hay niños que necesitarán hablar mucho del colegio y otros que no querrán contar prácticamente nada. Algunos pedirán parque nada más salir y otros preferirán llegar a casa. Habrá quien recupere el ritmo en tres días y quien necesite varias semanas.
Son las cinco de la tarde. Un niño sale del colegio contento, deja la mochila en el suelo nada más entrar en casa y se enfada porque su vaso favorito está en el lavavajillas. Su padre está a punto de decirle que ya es mayor para ponerse así por un vaso. Quizá lo diga. Quizá, por un momento, recuerde también todo lo que ese niño lleva haciendo desde las ocho de la mañana.
El vaso puede esperar.