Carriola. Julio Santos Pena. 01.03.22
No sabes lo que me alegré, Torrado, cuando el otro día vi en la prensa que te habían hecho un homenaje, otro, y tampoco sabes lo atento que estuve el domingo a una entrevista que te hicieron los de Radio Pontevedra, siempre atentos a no dejar pasar la ocasión de destacar a la buena gente que merece que, quienes escuchan, lo sepan o se convenzan de ello. Y tampoco sé si te acordarás de mí aunque no sería la primera vez que nos viéramos o que yo escribiera alguna cosa sobre ti porque, aunque probablemente no caigas ahora en quien escribe estas líneas, siempre te he tenido en gran estima deportiva y profesionalmente, porque he compartido contigo la pista de San Pedro hace como sesenta años; te he llevado, a rastras, mi tobillo hinchado como consecuencia de una mala jugada de fútbol sala y, hasta en una ocasión, y siento no recordar el motivo, me puse ciego en ese mágico recinto gastronómico por el que pasó Galicia entera para dar buena cuenta de las delicias que para los amigos preparabas “e o que queria repetir que se levante e vaia a tarteira” nos dijiste aquel día.

Tengo bien grabada tu imagen, José Luis, allá por los tiempos de María Castaña, cuando yo era un aprendiz de atleta, velocista, en el Club San Miguel, bajo la dirección de Manuel Méndez y Mario Barreiro, y tú un velocista consagrado. Llegábamos a media tarde al estadio de San Pedro que tenía pistas de xabre y ya estabas tú corriendo desde la salida a la llegada, aproximadamente, de la recta de cien metros lisos. Nos poníamos a hacer nuestro entrenamiento, que si correr, que si saltar, que si vaguear un poco, y mientras tanto, seguías en la misma recta haciendo lo mismo una y otra vez. Recuerdo que en una ocasión, Genucho, otro aprendiz de atleta y yo, nos subimos al techo del foso de los reservas de fútbol y nos entreteníamos en verte pasar de derecha a izquierda, como un relámpago y de izquierda a derecha andando para recuperar, y otra vez, y otra más lo mismo... hasta que Mario Barreiro nos dijo: “A ver cuándo haceis las cien series como Torrado” lo que me dio para calcular cien por cien, que eran diez mil, más otros diez mil andando en los regresos a la salida, 20.000 metros, y pensar en retirarme de aquel potencial suplicio que, en cambio, para tí era pan comido. Es probable que ya no te acuerdes de aquello pero en esas tardes nos parecías un superhombre.
Después supe de tu nueva profesión que era la de poner a punto los huesos, los músculos y los tendones de quien en el mundo del deporte, sufriera algún percance, ¿quién mejor?. Y de tus viajes con la selección de baloncesto y de tus hazañas de recuperación de gente que acaso pensó en algún momento que se le había terminado todo en el deporte.
Y acabé en ese mismo saco de la incertidumbre porque corrían los años ochenta en que, ya veteranillo, formé parte del equipo “Rompeolas F.S.” en la competición del “Grupo 7 a 9”, que fue la primera liga seria que se jugó a este deporte por entonces novedoso. Me viste entrar en tu clínica a la pata coja y, nada más tumbarme en la camilla y desprenderme del calzado y tocar con tus dedos aquella terrible hinchazón, pusiste cara de circunstancias y recuerdo como enseguida dijiste algo así como “esto ya viene de antiguo” adivinando, que para eso eres “Bruxo”, que era una lesión sobre otra de treinta años atrás que me apartó del atletismo y del fútbol definitivamente por la rotura de un tobillo que me “regaló” un coruñes con un planchazo indecente en un partido “amistoso” jugado en el campamento de Magisterio en Las Sinas. Y fue magia la tuya para solucionar aquel desaguisado entre la sabia utilización de tus dedos y el refuerzo posterior de tus hierbas de Xeve y pócimas que me fui poniendo cada noche hasta la práctica desaparición de aquella “bota” en la que se me había convertido el pie. Todavía a pesar de aquella reincidente lesión y los años que ya tenía jugué un par de temporadas más hasta “pasar a la reserva”.
Y me siento especialmente satisfecho por haber pasado por tu clínica y seguramente haberme tumbado en la misma camilla que el gigante Tachenko, de tanto deportista de élite profesional, y hasta que el mismísimo Fraga, porque por ella pasamos los poderosos y los humildes y nos has tratado igual a todos y resuelto nuestros problemas de la forma más común y conveniente.
Gracias “Bruxo”, En hora buena por el nuevo homenaje recibido, que no será el último, y me alegro infinitamente de que, los de Pontevedra y los de cien kilómetros a la redonda, nos acordemos de ti, de tu magia, como es mi caso. Algunos, además, te recordemos siempre como la gacela que fuiste por la pista del Estadio de San Pedro alguna vez... pero eso no está al alcance de todos. Un abrazo.
Julio@carriola.es