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RECORDANDO A... Virita, la modista

Carriola.J.S.P. . 30.12.23

julio@carriola.es

A mi madre, “Virita”, en el enero, mes de su onomástica

Antes de que acabe este mes de enero y aprovechando esta sección de “Recordando a...”, en Carriola, no quiero dejar pasar una ocasión para hacerlo con mi madre que, el pasado día 25, habría celebrado el día de su onomástica como lo hacía cada año. Nostálgico como soy del pasado, se me llena el alma al recordar a mi madre, “Virita”, en el taller de costura que ocupaba el bajo de mi casa en la calle Secundino Lorenzo, corazón urbano del viejo Marín, donde la vida, allá por los mediados del pasado siglo, era un compendio de paz, de tranquilidad, de puro vecindario, inmersos todos en el deseo de salir de los malos recuerdos de pocos años antes con guerra y sangre de por medio.

 El taller estaba señalado por un cartel de cristal en la fachada donde se podía leer “Virita, Corte y Confección; Profesora diplomada” y, en su interior, estaban cada día un par de decenas de jóvenes que, en dos apartados distintos, aprendían el oficio de la costura, unas confeccionando, según su nivel de práctica, trajes, vestidos o abrigos encargados por la clientela habitual y, las otras, alrededor de una gran mesa  sobre la que se distribuían patrones y recortes de papel casi transparente, aprendiendo el arte del “corte” que no era sino dar forma de traje a aquellos pliegos sobre los que se marcaban líneas imposibles de entender, con unas curiosas tizas azules y cuadradas. Aquel taller, que durante el día era un continuo bullicio de mozas que compartían enseñanzas y las alternaban con sus conversaciones y confidencias, se convertía al anochecer, y muchas veces hasta altas horas de la madrugada, cuando no hasta el alba, en un frenético lugar de trabajo casi siempre a toda pastilla, para terminar los encargos de la boda que había que entregar al día siguiente. Mi madre, y alguna que otra joven del entorno, desafiaban al sueño y al cansancio en aquellas jornadas de “velar” que era así como llamaban a las noches en vela, hasta, orgullosas, ver colgado en las perchas el trabajo realizado durante horas con el mayor mimo. Muchas veces me tengo dormido en el piso superior, arrullado por el monótono traqueteo de la máquina de coser o el rumor de las conversaciones ininteligibles de las veladoras, algo tan frecuente como natural para mí en aquellos años de mi infancia.

Mi madre, “Virita”, frecuentemente, era la receptora de las inquietudes de sus alumnas, muchas de las cuales, en aquellos tiempos de miedos, angustias y represiones, volcaban en ella su confianza. Sus consejos y orientaciones junto con las enseñanzas del oficio, calaron en el alma de muchas de aquellas chicas que aún hoy, cuando tengo la satisfacción de cruzarme con algunas de ellas, ya abuelas o bisabuelas, veo que la recuerdan con especial cariño y admiración.

Eran años de pura pobreza en los que cada familia se peleaba con el tiempo y con la angustia de llegar a fin de mes, como se dice hoy con mucho lamento. Teníamos poco de todo y nos conformábamos mucho con lo que había y, mirando hacia atrás, uno tiene que agradecer el esfuerzo de quienes como mi madre, “Virita”, se comieron noches enteras para darnos una vida mejor, sin protestas, sin lamentos, sin decaer en el esfuerzo y con la mirada puesta en nuestro futuro que fue, a ellas y ellos gracias, mucho mejor.

 

Cuadro de Sobrino que pintó la "Rúa Nova" actual S.Lorenzo. El taller estaba en la casa del pico, a la derecha

El taller de mi madre daba a la vieja calle Secundino Lorenzo, a 20 metros del malogrado Priorato, por una estrecha ventana a la que se asomaban los mozos, a veces marineros de la Escuela Naval en su salida de paseo, para requebrar a las chicas. “Virita”, cuando detectaba aquellas intromisiones que ponían nerviosas a sus pupilas, hacía la vista gorda mientras los curiosos no atravesaran la línea roja de la decencia a lo que, en su caso, respondía con una furibunda mirada que les hacía palidecer y salir por patas, por si acaso. Muchas veces se valieron de mí los novios de algunas de aquellas mozas para hacerles llegar mensajes de que ya estaban allí, a la espera de su salida y, con frecuencia agradecían mi “servicio” comprándome en la taberna de Isaura, un poco más arriba en la calle, cacahuetes o pasas o una gaseosa, que para mí eran una “fortuna” culinaria de la época.

En mis recuerdos de entonces tengo grabada la celebración de Santa Elvira, onomástica de mi madre, cuando el taller se convertía en una fiesta. Ella y mi abuela preparaban una merendola a base de pan, chorizo, mortadela y queso (todo un lujo para la época (aunque la abuela renegaba de la mortadela porque decia que era “carne de cabalo”) a la que acompañaban un vino dulce con el que las chicas brindaban por la salud de la maestra. Aquel olor a merienda quedaba en el local durante días y siempre que recuerdo el taller, se me reproduce la escena y la sensación a gran banquete de mortadela, queso y vino dulce.

El oficio de costurera o modista era muy socorrido para las familias. En aquella calle había otras mujeres que lo desempeñaban como la mítica modista Marisa; las no menos afamadas pantaloneras Maruja, Carmen y su madre Señora Agustina, “As Gaiteiras”, y también la señora Lola Otero “A Borrallenta”, que con su máquina de coser a la cabeza recorría las casas donde era solicitada su presencia para remendar las más variopintas piezas de ropa, sábanas y otras telas que recuperaba con ideal maestría. Y por el resto del pueblo se repartían modistas y costureras, muchas de las cuales habían pasado por el taller de “Virita, Corte y Confección; Profesora diplomada” para aprender el oficio.

La generación femenina de mi madre “Virita”, debió ser dura y no me refiero solo al oficio del costureo solamente. Y digo “debió” porque por ella pasamos nosotros sin casi enterarnos de la realidad, amparados por el sacrificio de “ellas” que con su esfuerzo completaban los exiguos sueldos de los padres de familia que eran acaso los que más lucían el resultado de aquella entrañable asociación familiar.  Costureras, carrexonas, rederas, pescantinas, mariscadoras… y cuantas mujeres lo dieron todo por los suyos a los que dedicaban el resto de las horas del día con amor y responsabilidad, merecen nuestro mejor recuerdo. Gracias madre, gracias “Virita”.

 

 

roslev