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Los sábados, PENSANDO EN ALTO: El Congreso...un "teatro"?

Carriola. 30.05.26.

julio@carriola.es.

El Congreso, los lobbies y la democracia del dedazo

José Iglesias

Hay momentos en los que uno siente auténtica vergüenza de quienes le representan.

Vergüenza real.

No política.

Moral.

Llevo días escuchando declaraciones, reacciones, insultos disfrazados de debate y espectáculos parlamentarios que harían sonrojar a cualquiera que todavía conserve un mínimo respeto institucional.

Y uno ya no sabe qué es peor:

si los presuntos escándalos…

o el nivel intelectual y moral desde el que se comentan.

Sale un diputado —sí, diputado de la nación, no un hooligan de barra de bar a las tres de la mañana— diciendo en el Congreso que “está jodido” y que “esto es una mierda”.

Y lo dice desde la tribuna parlamentaria.

Desde el lugar donde reside la soberanía nacional.

En serio hemos llegado a esto?.

Hablamos del mismo Congreso donde se custodia un ejemplar original de la Constitución. Del mismo lugar donde se ha leído el Quijote. Del mismo espacio donde debería respirarse respeto institucional aunque existan diferencias políticas enormes.

Pero no.

Ahora parece que cuanto más vulgar se habla, más auténtico se es.

Cuanto más chabacano, más cercano al pueblo.

Cuanto más bronco, más valiente.

¿En serio alguien cree que decir “mierda” o “jodido” convierte automáticamente a alguien en más duro, más macho, más popular o más comprometido?

No.

Lo convierte en otra cosa:

En un síntoma.

El síntoma de una degradación absoluta del lenguaje, de las formas y del respeto.

Y lo peor no es solo quien lo dice.

Lo peor es quien lo normaliza.

Quien sonríe.

Quien mira hacia otro lado.

Quien no se levanta ni protesta mientras el Parlamento se convierte poco a poco en un plató de tertulia barata.

Luego nos preguntamos por qué la sociedad está crispada.

Pues porque quienes deberían dar ejemplo son incapaces de comportarse.

Y aquí voy a decir algo que quizá moleste a algunos modernos de la “naturalidad institucional”:

Yo reclamo normas estrictas.

Sí.

Estríctas.

Normas de vestimenta.

Normas de comportamiento.

Normas de lenguaje.

Normas de respeto.

Porque el Parlamento no es una tasca.

Ni un plató de televisión.

Ni un concurso de popularidad adolescente.

Los representantes públicos deberían ser ejemplo para el conjunto de la sociedad. Precisamente porque la sociedad, por naturaleza, ya tiende bastante al caos.

Si encima los 350 que hacen las leyes se comportan como una discusión de patio de instituto…

apaga y vámonos.

Y mientras tanto aparecen otra vez los fantasmas de siempre.

Los lobbistas.

Los comisionistas.

Los intermediarios.

Los parásitos alrededor del poder.

Y hay algo que a uno le revuelve bastante el estómago.

Eso de escuchar tranquilamente que “la actividad de los lobbies no es ilegal”.

Perdón...

¿cómo?

¿Influir sobre un político para orientar una ley, impulsar un proyecto o favorecer determinados intereses no debería, como mínimo, estar sometido a una vigilancia extrema y a una transparencia absoluta?

Porque una cosa es escuchar a la sociedad.

Y otra muy distinta es escuchar siempre a los mismos.

Porque el problema no es quién habla.

El problema es quién entra en el despacho.

Y quién no.

Por eso uno empieza a entender las famosas puertas giratorias.

Porque si no, ¿qué interés tendría una gran empresa en fichar a alguien cuyo principal mérito profesional sea ser exministro, expresidente, exsecretario o exloquesea?

¿Su brillante conocimiento técnico?

¿O quizá su agenda telefónica?

¿Su capacidad para abrir puertas que otros jamás abrirán?

A mí esta forma de democracia empieza a gustarme poco.

Porque el “demo”, el pueblo, parece pintar cada vez menos.

Y la “cracia” parece ejercerse cada vez más a dedo.

Una especie de dedocracia silenciosa donde quien más influencia tiene no es quien más votos recibe, sino quien mejor acceso consigue.

Y por cierto:

Esto no va de colores.

Ojalá fuese tan sencillo.

Es transversal.

Afecta a unos y a otros.

Porque cuando el sistema permite determinadas dinámicas, el problema deja de ser quién ocupa la silla.

El problema pasa a ser la silla misma.

Y todavía hay algo más.

Porque de vez en cuando aparece alguien nuevo.

Alguien que viene de fuera.

Alguien fresco.

Alguien que no pertenece a la maquinaria habitual.

Y entonces suelen pasar dos cosas:

o se cumple aquello de que el poder corrompe...

o empieza la cacería.

Porque en este país parece existir una norma no escrita:

“Difama, que algo queda”.

Aunque sea falso.

Aunque nunca se demuestre.

Aunque dentro de seis meses resulte ser humo.

Da igual.

La maquinaria ya arrancó.

Y entonces aparecen titulares, filtraciones interesadas, rumores y especialistas en escarbar vidas ajenas.

Y empiezan a salir cosas que uno no entiende muy bien qué tienen que ver con gestionar un país.

Que si una relación sentimental.

Que si una infidelidad.

Que si hace quince años le pusieron una multa por ir a 140.

En serio...

¿Eso es lo importante?

Porque yo quiero un gestor que haga bien su trabajo.

Quiero alguien que administre correctamente el dinero público, que tome decisiones razonables y que piense más en el país que en su carrera.

Lo demás, salvo que afecte a la legalidad o al ejercicio del cargo, me importa bastante poco.

Porque una cosa es fiscalizar la gestión pública.

Y otra muy distinta convertir la vida privada en un espectáculo.

Pero claro...

La buena gestión no da audiencia.

La carroña sí.

Y ahí muchos medios se lanzan como hienas sobre una presa herida.

Porque el espectáculo sigue siendo el negocio más rentable que existe.

Y mientras tanto, la gente normal trabaja.

Los autónomos sobreviven.

La clase media paga.

Los jóvenes intentan construir una vida.

Y arriba...

teatro.

Mucho teatro.

 

roslev