Carriola. 06.06.26.
julio@carriola.es.
LA BARCA EN LA QUE TODOS REMAN HACIA DISTINTO LADO

José Iglesias
Hay una pregunta que últimamente muchos ciudadanos se hacen mientras llenan el depósito del coche, hacen la compra o revisan una factura:
¿A dónde va todo esto?
Porque uno observa que nunca se ha recaudado tanto, que las administraciones manejan cantidades enormes de dinero y, sin embargo, la sensación en la calle muchas veces es la contraria.
Carreteras mejorables, infraestructuras pendientes, listas de espera, problemas en servicios básicos...
Y claro, el ciudadano normal, ese ser extraño que trabaja, paga sus impuestos y no tiene demasiada capacidad para escapar del sistema, se pregunta:
¿Estamos gestionando bien?
Porque pagar impuestos no debería ser el problema. Una sociedad necesita contribuir para mantener aquello que es de todos.
El problema aparece cuando quien paga empieza a tener la sensación de que aporta mucho y recibe menos de lo esperado.
Y ahí empieza la desconfianza.
Pero bajemos del gran escenario nacional a lo cercano, a nuestro día a día, a nuestro querido Marín.
Estos días volvemos al eterno debate: la vivienda.
Que si aquí.
Que si allí.
Que si más cerca del cementerio.
Que si más cerca del instituto.
Que si los accesos.
Que si esto.
Que si aquello.
Lo de siempre.
Todos tienen una opinión, todos tienen una crítica, todos tienen una línea roja.
Sentarse, hablar y buscar una posición común parece ser la última opción.
Y más ahora, que empieza esa maravillosa época llamada año electoral, esa estación del año en la que florecen las promesas como las margaritas en primavera.
Prometemos.
Anunciamos.
Presentamos.
Y luego ya veremos si aquello acaba convertido en realidad o en una foto guardada en una hemeroteca.
Uno no es experto en urbanismo. Ni pretende serlo.
Pero después de sesenta años dando vueltas por este mundo, algo se aprende :
a aplicar la lógica.
Y desde esa lógica surgen preguntas sencillas.
Si se construyen viviendas, ¿a qué precio llegarán realmente al mercado?
¿Van a solucionar el problema de quien no puede acceder a una casa o simplemente serán más viviendas?
¿Se plantea exigir algún porcentaje destinado a alquiler asequible?
¿Cómo puede ser que una parcela en pleno centro lleve tantos años siendo prácticamente territorio de los gatos?
¿Qué pasó con aquella idea de un aparcamiento subterráneo?
¿Por qué seguimos eternamente hablando de lo que se podría hacer en vez de hacerlo?
Y aquí viene la frase que tantas veces escuchamos:
“Es que el PXOM...”
Bien.
¿Y es imposible modificarlo?
¿Es una ley escrita en piedra traída del monte Sinaí?
Pregunto desde la ignorancia de un vecino que observa, nada más.
Porque muchas veces parece que las dificultades administrativas se convierten en montañas imposibles de mover.
Y seguimos.
El suelo industrial.
Otro clásico.
Que si aquí.
Que si allá.
Que si este sitio no vale.
Que si aquel tampoco.
Quizá incluso deberíamos preguntarnos si lo que necesitamos hoy es exactamente un polígono industrial tradicional o más bien un espacio empresarial adaptado a los nuevos tiempos.
Porque no todo son fábricas con chimeneas.
Hay pequeñas empresas, servicios, tecnología, talleres, profesionales que necesitan crecer.
Y mientras discutimos, algunas empresas buscan espacio fuera.
Luego nos sorprendemos.
El auditorio.
Más de lo mismo.
Para unos, necesario.
Para otros, un error.
La presentación, para algunos, un acto electoral.
Pues si alguien considera que lo es, tiene una opción muy sencilla:
no ir.
Pero claro...
la foto también cuenta.
Y así entramos en un bucle donde criticamos aquello en lo que participamos y participamos en aquello que criticamos.
Abrir Marín al mar.
Otra gran pregunta.
¿Qué queremos?
¿Actividad económica?
¿Paseo?
¿Empresas?
¿Todo compatible?
¿Nada?
Porque quizá antes de discutir la solución deberíamos ponernos de acuerdo en el objetivo.
Y ahí está, para mí, el gran problema.
Que cada uno tira hacia un lado.
Tenemos talento, tenemos ubicación, tenemos historia, tenemos posibilidades.
Pero a veces nuestro querido Marín parece una barca en medio de la ría.
Uno rema hacia Aguete.
Otro hacia Mogor.
Otro hacia Portocelo.
Otro decide levantar el remo porque no le gusta quien dirige la barca.
Y claro...
la barca se mueve.
Hace ruido.
Salpica agua.
Parece que avanza.
Pero cuando miramos alrededor seguimos exactamente en el mismo sitio.
Quizá algún día entendamos que remar juntos no significa pensar igual.
Significa simplemente querer llegar al mismo puerto.